Dinero fácil (Shabba Cash), Suecia 2010

Jens Lapidus es un abogado sueco que encontró en la escritura, una forma de escapatoria a su trabajo y a los cambios negativos que observaba a su alrededor. Según su experiencia ante los tribunales, las mafias y organizaciones criminales empezaban a instalarse en su, por tradición, tranquilo y poco violento país.

Y sin darse cuenta, lo que narraba en su tiempo libre como una forma de terapia, se convirtió en un bombazo de la literatura mundial. En 2006 publicó la primera parte de su Trilogía Negra de Estocolmo, Dinero Fácil, y en los próximos meses se publicará el tomo que cierra esta apasionante, radical, fresca y hasta, aunque su humor sea el típico distanciamiento nórdico de la realidad, divertida muestra de lo mejor que se edita, hoy en día, en este género.

Nadie es perfecto, ya se sabe, y confieso ser un adicto de la novela negra y, si es azabache, mejor. Jens Lapidus tiene garra en su escritura, describe perfectamente a sus personajes y utiliza las expresiones de la calle (léase palabrotas, tacos y demás lindezas) con tanto arte como la gloriosa Emilia Pardo Bazán, en 1882, en su novela más naturalista, La Tribuna. Además, y quizás alguien se escandalice con la comparación, utiliza la técnica de Balzac, de hacer reaparecer dentro de una historia a los personajes de otro libro, con su misma habilidad.

La energía del cine sueco no tiene rival europeo en estos momentos. Una cinematografía que está produciendo trabajos tan creativos como Morse (remake americano Déjame entrar), la trilogía Millennium (próximo remake americano de David Fincher próximamente) y Dinero fácil (sus derechos de adaptación acaban de ser adquiridos por los estudios americanos y se apuesta por Zac Efron como protagonista). Daniel Espinosa, sueco de nombre bien español, ha dirigido una película tan agitada como la ambición de su protagonista, el excelente  Joel Kinnaman. Inteligente estudiante de una escuela de comercial al que le encanta vestirse a la última moda, frecuentar a sus amigos riquísimos y/o de buena cuna y lucir el reloj más caro posible. Lo tiene todo excepto el dinero necesario para que sus amigos no descubran que desciende de una familia humilde, trabaja como taxista para poder pagar sus estudios o que en las fiestas deja su destartalado coche a un kilómetro de las mansiones lujosas de sus compañeros de juerga.

No es Ícaro, que ha olvidado la salida del laberinto de esta dinámica del delito, sino un insignificante insecto, devorado por la avaricia, que se ha acercado demasiado a luz. Un perfecto reflejo de una sociedad que está perdiendo sus valores esenciales, y en la que un grupo representativo de los diferentes orígenes que componen el país, árabes, latinos y autóctonos, juega con la dinamita más destructiva que existe: la ambición mezclada con la ignorancia. Menos mal que esto únicamente sucede en Suecia.

Wir sind die Nacht (Somos la noche), Alemania 2010

El expresionismo alemán de los años 20 trasladó el mito del vampiro al universo del cine sentando las bases de un género, que no ha conocido la crisis desde su creación, con míticas películas como Nosferatu (1922) de F.W. Murnau o M. el vampiro de Düsseldorf (1931) de Fritz Lang. Quizás el hecho de que años más tarde un energúmeno, chillón y con bigote, obligase a la mayoría de estos célebres cineastas a salir corriendo de su país, sea la causa de que, casi un siglo después, el cine alemán no haya recuperado aún este magnífico legado.

 

El director Dennis Gansel, con un excelente bagaje en su haber, Napola (2004) sobre el nazismo o la inquietante reflexión de La ola (2008) sobre el espíritu de equipo llevado al límite, se ha atrevido con este proyecto que había concebido en 1996, cuando aún era estudiante de cine, actualizando la figura del vampiro, en este caso, femenino. Los miembros vampiros masculinos han sido eliminados al resultar demasiado molestos, escandalosos y perjudiciales para el colectivo. Ya nos habían anunciado que el siglo XXI será femenino o no será, pero lo que esperábamos es que fuese menos sangriento.

 

El realizador ha modernizado los códigos de los glóbulos rojos en un explosivo cóctel entre Sex and the city, Millennium y Twilight, eliminando los obviedades de éstos y añadiendo elementos nuevos para crear una nueva generación de inmortales. La película destila una ironía que la bonifica (excelente el método de bronceado que utilizan) y posee una de las mejores réplicas de este género en los últimos años lanzada por una delicada señorita: podemos comer, beber, esnifar coca y f… todo lo que nos apetezca sin engordar jamás, quedarnos embarazadas o caer enfermas. Una declaración de principios digna de Epicuro.

 

Lena, una joven marginal, se cuela una noche en un club alternativo y conoce a Louise, la propietaria del lugar, que se enamora inmediatamente de ella. Lo que no sabe es que ésta forma parte de un trío de vampiras. El mordisco es a primera vista y, a partir de ahí, Lena saboreará las ventajas pero también los inconvenientes de su nueva condición. Menos mal que algo malo tiene sino nos apuntábamos todos.

 

El Festival de Sitges supo apreciar su calidad e ironía otorgándole el Premio Especial del Jurado. Sus defectos no ocultan los logros de un honesto trabajo de modernización del mito que, sobre todo, demuestra que Berlín es una ciudad magníficamente cinematográfica para este tipo de cine.