La Soledad de los Números Primos (La solitudine dei numeri primi), Italia 2010

Una narración fragmentaria que corresponde a diferentes periodos vitales, 1984, 1991, 1998 y 2007, en un montaje realizado con un hacha sin afilar, que avanza y retrocede a ritmo de un informativo de 24 horas, a través de unas estilizadas imágenes, estilizadas, cromáticas, saturadas de color y por momentos difuminadas, en las que cada plano tiene una importancia capital.

Saverio Costanzo, con 35 años y sólo 3 películas en su haber, el director retoma la gran tradición de los clásicos del cine italiano para triturarla, comprimirla y extraer los ingredientes de un nuevo estilo. Alejado del neorrealismo para centrarse en el lado imaginativo de la realidad, saturarla de colores y combinar los más inimaginables géneros (desde el giallo de Dario Argento, especificidad italiana del cine de terror, hasta el humanismo de Vittorio de Sica, la poesía de Michelangelo Antonioni o los excesos barrocos de Luchino Visconti) Saverio Costanzo ha conseguido reunir en esta película la estética de lo que podría considerarse la nueva ola italiana (Giusseppe Capotondi, Ascanio Celestini, Luca Guadagnino y Paolo Sorrentino).

Desde hace unos años se percibía un movimiento en la cinematografía del país que anunciaba que algo se estaba cociendo, un olor nos llegaba de vez en cuando y ahora, por fin, podemos degustarlo plenamente. El cine italiano ha pasado de la depresión a la exaltación, ha hecho sus deberes, y tras la oportuna revisión de las lecciones del pasado, ha integrado la siempre sospechosa influencia de los otros medios que juegan con la imagen integrándola en este exquisito banquete.

A partir de la novela de Paolo Giordano seguimos las peripecias de sus dos impresionantes protagonistas, Alba Rohrwacher, Luca Marinelli, acompañados por Isabella Rossellini, en su particular universo a mil leguas de la realidad que los rodea. Un film de horror sentimental que tiene más de melancólico que de terrorífico.

Algunos, me temo que muchos, detestaran, y otros estamos convencidos de presenciar el renacer de la filmografía de uno de los países que más ha aportado a la historia del cine mundial. Los comienzos siempre son difíciles y las nuevas formas narrativas pueden desestabilizar, pero en todo caso es una de las propuestas más interesantes de este año que nadie debería perderse.

El sonido y la música son otros de los elementos primordiales de este film que contiene, no creo que nadie lo ponga en duda, una de esos momentos antológicos que a veces nos ofrece el cine: una escena de un beso, capaz de cortar el aliento a la más profunda desesperación.

Yo soy el amor (Io sono l’amore), Italia 2009

Uno de los argumentos más habituales de la historia del cine, desde su creación hasta hoy, ha sido el tópico y típico adulterio de la señora burguesa con el fornido proletario. Nada más poco original y sobado que la lucha de clases pasada por las sábanas de la pasión.  Y eso es lo que propone Io sono l’amore pero el tema nos da absolutamente igual porque la película es una proeza estilística, narrativa e, incluso, sonora. En resumen, espectacular.

Desde un inicio cromático en blanco y negro de un Milán sepultado por la nieve, hasta la llegada del color con Antonio, desencadenante de la historia, con la exuberancia del pleno color de San Remo y la explosión de la sensualidad de la protagonista, la película utiliza todos los recursos estilísticos para mostrar la evolución del deseo. Un tratamiento del color que se aplica a cada ciudad de la película: Milán, San Remo y Londres. Subrayado por la frase del catálogo, tras el que se oculta la protagonista en su persecución, que podemos percibir “colore come vita”.   

Tilda Swinton, protagonista y también productora, sublime y en unos de sus mejores papeles, encarna a Emma, amante esposa, de origen ruso y que desde su boda con un Recchi pierde su nombre de nacimiento y su lengua natal (que de hecho recupera en un momento de crisis con su hijo), encerrada en su jaula de oro descubre la sensualidad, gastronómica y corporal, a través de la cocina de Antonio, un amigo de su hijo, cocinero de talento en un viaje iniciático que va desde el papel dorado de su villa milanesa a la caverna de la escena final.

Luca Guadagnino, el director de Io sono l’amore, juega con las apariencias y las referencias. Cinematográficas como John Huston por el encuadre del inicio, Hitchcock por las persecuciones, Arnaud Desplechin por el tratamiento del conflicto familiar, Visconti por su concepción musical de la escena o literarias como la decadencia de una gran familia italiana, con un pasado colaboracionista,  inspirada de Los Buddenbroke de Thomas Mann.

Pippo Delbono, que nos tiene más acostumbrados a sus actuaciones en teatro, interpreta al marido deshonrado, capaz de interpretar una escena glacial en el interior de una iglesia, sin una sóla palabra.

Y qué música. John Adams, que inserta parte de sus óperas Nixon in China y The death of Klinghoffer, recrea el incremento paulatino de la tensión a la perfección. Y un fragmento de “La mamma morta”, sutil y delicado, que marca el final del papel de madre y el comienzo del amor y la pasión de la protagonista.