Louise Wimmer, Francia 2011

Una lluvia de infierno sobre los cristales de un coche. La voz de Nina Simone en Sinner Man. Una canción que cuenta la historia de este pecador que desconoce en qué dirección debe correr para esconderse. En su desesperación intenta ocultarse en una roca que, llorando, le dice que no le puede proteger. El pecador se dirige a un río que descubre ensangrentado, hacia un mar, que hierva, y con la desesperación, que únicamente la voz de Nina Simone puede transmitir, pide ayuda al Señor que le ordena correr hacia el Diablo.

Y el Diablo le estaba esperando. La lluvia continúa, el diluvio parece durar una eternidad y la mujer, Louise Wimmer, logra apagar la radio. El sonido de las gotas sobre el vidrio parece acompañar el silencio de la cantante y la larga noche comienza para la protagonista, en el coche, sola, con la lluvia, sin el aliento de Nina Simone.

En pocas ocasiones, los escasos 80 minutos de una película, además ópera prima, parecen acompañar con tal perfección la triste actualidad económica que nos amenaza. El vía crucis de esta mujer, sin pasado aparente y casi sin futuro probable, como cualquiera de las personas que nos rodea, no puede plasmar mejor la angustia de la situación actual.

Corinne Masiero, espléndida como protagonista, encarna a esta mujer que lo ha perdido todo. Poco a poco iremos descubriendo que se gana la vida como puede, durmiendo en su coche desde hace seis meses, en espera de que la asistencia social le encuentre un hueco en algún edificio. No le queda nada, salvo lo más importante y lo único imprescindible, la fuerza de seguir luchando día a día y una dignidad, propia de una heroína griega, con la suficiente entereza para no caer en la desesperación total.

Sin ánimo de polémica, en estos momentos la cuna de la civilización occidental arde y entre sus cenizas descubrimos los restos de su principal aportación: la democracia. La toma de decisiones respondiendo a la voluntad colectiva se ha transformado en una dictadura financiera, en la que unos pocos deciden a nivel mundial lo que debemos sufrir todos. La totalidad de los gobiernos actuales recuerdan al Pelele de Goya, un tapiz ejecutado en 1791, en que cuatro majas (para mí, la avaricia, la mentira, la soberbia y la manipulación) mantean un pobre monigote, presidente o ministro, de izquierdas o de derechas, español o inglés.

Si frente a las “dictaduras árabes” aparecen innumerables países voluntarios para derrocarlas y restituir la democracia armados hasta los dientes (luego dejan todo su equipamiento militar que suele ser utilizado por la próxima dictadura), resulta sorprendente lo poco enérgicos que se han mostrado hasta ahora la totalidad de gobiernos mundiales frente a la dictadura de las finanzas, que no duda en instaurar tecnócratas al frente del país que más le conviene (Italia, hoy, es el primer ejemplo de golpe de estado financiero).

Louise Wimmer es el resultado de los efectos de esta dictadura. Un caso particular frente a la generalidad de una situación que se demarra a una velocidad espeluznante. Su director, Cyril Mennegun, con este ejemplo perfecto ha sabido conquistar galardones y haber sido seleccionado en los festivales de medio mundo (Zurich, mención especial) porque la resonancia de la historia siempre parte de una situación personal y los espectadores van más allá de su anécdota.

¿Y qué hace Louise Wimmer? No resignarse y continuar luchando a su nivel, cada día, cada minuto de su existencia. No creo en la revolución, en su sentido, de cambio violento, sino en su acepción de revolver (cambiar el orden establecido) o revolverse (dirigirse hacia otra dirección). Como en la canción de Nina Simone tengo la sensación de que vamos hacia el diablo que nos está esperando.

Frente a la miseria de la situación de Louise Wimmer se podía esperar un trágico final. Y no. No es así. La protagonista ha sabido revolverse en su situación y el final se ilumina con un halo de esperanza. Pequeña, pero esperanza, al fin y al cabo. Ha sabido aguantar y luchar porque conocía a su enemigo: ella misma. La situación actual internacional me recuerda la maravillosa escena del partido de tenis de Extraños en un tren (1951) de Hitchcock en que todo el público sigue la pelota de derecha a izquierda, excepto una persona, que mira de frente, fijamente, no se deja distraer porque conoce muy bien dónde se encuentra el enemigo contra el que debe luchar.

La Casa Muda, Uruguay 2010

Un brillante ejercicio de estilo como tarjeta de presentación internacional. Gustavo Hernández ha conseguido realizar una película con un presupuesto de 6.000 dolares, un rodaje de 4 días y un único plano secuencia de casi 80 minutos (no es sólo uno en realidad, pero lo parece) con la cámara Canon EOS 5D Mark II (la misma que se utilizó en la creativa Rubber). Y, por si fuera poco, vender los derechos de adaptación para la versión The Silent House, que ya se ha presentado en el Festival de Sundance de 2011. No está nada mal para un debut cinematográfico.

Como imagino le ocurre a todo buen aficionado al cine, me encantan los planos secuencias. Estas tomas únicas, que se alargaban hasta 11 minutos con las cámaras tradicionales, y que aportan al espectador una sensación extrema de vivir la historia, al mismo tiempo, que los personajes. Por citar, únicamente, tres planos secuencias míticos debemos comenzar por el espléndido plano realizado por F. W. Murnau, ya en 1927, en una de las películas mas bellas de la historia del cine, La Aurora. Otro plano secuencia inolvidable del cine clásico se lo debemos al maestro del suspense, Hitchcock, en La soga (1948), y por citar uno contemporáneo, añadiría la hipnótica Elephant (2003) de Gus Van Sant.

Película basada en los hechos acaecidos en el pueblo uruguayo de Godoy en los años 40: en una granja aislado se hallaron los dos cuerpos mutilados de dos hombres con las lenguas cortadas y rodeados de extrañas fotografías. La investigación policial no logró aclarar el suceso de la época y el, o los, asesinos nunca fueron localizados. Un enigma digno de las mejores novelas negras y que Gustavo Hernández ha querido esclarecer, de manera cinematográfica.

Una película de horror centrada más en la sensación del terror, que en los habituales litros de sangre derramada, con una puesta en escena meticulosa, una iluminación perfecta y una excelente dirección artística. Según entran en la casa los protagonistas, los espectadores comienzan a tener miedo y… es que como está el sector inmobiliario últimamente.

Tras su pase por el Festival de Cannes, el director añadió una escena después de los títulos de crédito finales, lo que alarga, más aún, una película que ya se hacía un poquito larga en su origen. Lo que no disminuye el esfuerzo y la inteligencia de este intento de rehabilitar un género hiper codificado, con un planteamiento interesante y unos recursos artísticos muy bien dosificados y, sobre todo, permite intuir el gran talento del joven director, Gustavo Hernández, que realmente promete. A vigilar muy de cerca.

Kak ya provyol etim letom (How i ended this summer), Rusia 2010

Esta película tiene dos hombres, un oso y un foso. Eso sí, el enorme foso que constituye el océano ártico que rodea el polo norte de la tierra, con temperaturas de hasta 45 grados bajo cero. Sin embargo aquí no hay castillo, sólo una antigua estación meteorológica en medio de una minúscula isla, con un material anticuado, que probablemente ya pertenecía a la época de la U.R.S.S., y en la que los protagonistas pasarán 9 meses tomando datos y realizando mediciones para transmitirlas, si el tiempo lo permite, a la capital. Un periodo de aislamiento total, siempre y cuando no pase nada grave. Pero en esta película si ocurre algo importante.

 

Por lo pronto una extraordinaria interpretación de los actores, Sergei Puskepalis (que ya había vivido 10 años en Chukotka, región donde se rodó el film y se encuentra la estación polar Valkarkai) y Grigoriy Dobrygin, que al encandilar al jurado del Festival de Berlín 2010, optó por recompensar ambas actuaciones masculinas con un Oso de Plata. El oso de la película no fue nominado, supongo que para evitar un evidente tráfico de influencias.

 

Aunque los actores siempre han negado que se pueda hacer una lectura política de la película, el espectador no puede evitar pensar en ciertos paralelismos entre la situación rusa actual y la historia que nos presenta la película. Sergei lleva toda su vida ocupándose de la estación meteorológica, implicado en su trabajo pese a sus dificultades, pero decide que también tiene derecho a disfrutar un poco y se va a pescar truchas durante dos días, dejando encargado a su colega de las transmisiones. Pavel es un joven de la ciudad que ha aceptado este trabajo para hacerse unas pelillas y, aprovechar el aislamiento para ocuparse de una novela que tiene la intención de escribir, y que lleva el título de la película. Mientras que Sergei se ocupa de sus truchas, Pavel recibe un importante y urgente mensaje por radio que debe transmitir inmediatamente a su compañero. A partir de ese momento se instala una tensión digna del mejor Hitchcock.

 

Además de este premio, el Festival de Berlín también otorgo a este película otro Oso de Plata al mayor logro artístico. Las imágenes son impresionantes, la fotografía sublime (así me imagino el nacimiento del planeta tierra) y la ambientación de la estación tan lograda que parece real (existe la posibilidad de que en realidad sea de esta manera).

 

Y en cuanto al oso de la película (por cierto, los osos polares son carnívoros y no dudan en comerse a sus crías; ahora cada vez que veo un peluche, lo miro de distinta manera), ya estaba previsto en el guión pero no hizo falta traer uno, puesto que se trata de un animal en libertad que pululaba por las cercanías del rodaje, que duró 4 meses. Uno de los actores premiados nos contó que para la escena de la persecución, el cámara y su asistente técnico iban corriendo delante del animal y cuando ya estaba a unos 400 metros comenzarón a gritar por el micro que se les había olvidado el fusil. Tanto el equipo técnico como el oso están bien y ninguno fue maltratado durante el rodaje. Palabra de Sergei Puskepalis.

Un Gato en París (Une vie de chat), Francia 2010

Jean-Loup Felicioli y Alain Gagnol son dos artistas que, trabajando juntos durante más de 20 años, ya habían creado una quincena de extraordinarios cortometrajes de animación, series de televisión de dibujos animados y hasta los decorados de alguna película. Dotados de un talento indiscutible, han decidido dar el gran salto y realizar su primer largometraje, con un resultado que ha dejado a los espectadores admirativos ante la belleza de su propuesta.

Esta vida de gato, que nos cuentan los autores, está llena de sobresaltos y sorpresas. Dino es un felino con doble vida: de día disfruta de las caricias de su joven dueña, Zoé, la hija de la comisario de policía, traumatizada por la muerte de su padre a manos del malvado Costa, y de noche, acompaña a Dino en sus andanzas de ladrón de guante blanco. No es nada fácil la vida de un gato, sobre todo cuando sus actividades diurnas y nocturnas se cruzan y su joven dueña es raptada por un asesino sangriento y despiadado.

La originalidad de la película reside en la hábil mezcla de sus hallazgos visuales y de sus divertidas referencias cinematográficas. En sus casi 800 planos no hay un modelo fijo, todos son distintos, y su estética se inspira tanto en los mejores pintores de la historia del arte como Picasso, Modigliani, Bonnard, Matisse, Vermeer, David Hockney… como en notables directores de cine negro o de acción, Scorsese, Tarantino, Hitchcock, o en un rendido homenaje al clásico La noche del cazador.

Las escenas de persecución son sublimes y los protagonistas en su huida descubren un París, mágico y peligroso a la vez, en que los monumentos, como por ejemplo la catedral de Notre-Dame, adquieren un verdadero protagonismo y una dimensión muy distinta a la de las habituales fotos turísticas. Y por si no fuera suficiente, los realizadores han optado por envolver esta historia con un fondo musical de jazz. ¿Qué más se puede pedir de una película que cautiva a los más pequeños e interesa a los que ya no somos tan jóvenes?

 

Un primer trabajo en el mundo del largometraje de animación que se salda con un sobresaliente y que, quizás, tenga su matrícula de honor en la escena del secuestro de la pequeña Zoé, realizada con sombras chinas. Une vie de chat confirma que existe una vida más allá de Disney, Pixar y de las películas de dibujos animados de las grandes productoras americanas.

Chloe, Canadá 2009

Por fin se estrena en España la última obra de director armenio-canadiense, Atom Egoyan. Chloe, presentada en la edición 2009 del Festival Internacional de San Sebastián, cuenta con un reparto de lujo: Julianne Moore, sin duda una de las mejores actrices de los últimos tiempos, Liam Nelson, actor polifacético, y la sorpresa de la película, Amanda Seyfried, conocida por los seguidores de la serie Big love y de la película Mamma mia!

 

El director realiza, por primera vez una adaptación, su versión de un thriller francés de 2003, Natalie (protagonizado en su día por Gérad Depardieu, Fanny Ardant y Emmanuelle Beart). Si la trama no tiene nada de original, una esposa pone a prueba la fidelidad de su marido contratando los servicios de una “acompañante de caballeros”, el tratamiento es inquietante, mórbido y repleto de ecos hitchcockianos.

 

Atom Egoyan lleva una carrera llena de éxitos desde Exótica, El viaje de Felicia o El dulce porvenir, pero desde su película anterior, Adoración, parece que el tema de la falsa apariencia, de la verdad oculta y de la realidad de lo imaginado le obsesiona. Y sus fantasmas se pasean por la película para plantearnos sus cuestiones preferidas, ¿hasta dónde puede llegar una mentira?, ¿hasta dónde nos puede llevar la duda? En esta particular caza al ratón, el autor no duda en mezclar diferentes géneros para añadir picante a la historia y dar relieve a sus personajes.

 

Los actrices han logrado crear una complicidad especial en su interpretación. Amanda Seyfried, lejos de su registro habitual, juega con su ingenuidad y perversión, sin que el espectador logre conocer su verdadero carácter, mientras la cámara de Egoyan persigue a los personajes para convirtiéndonos en espías de este drama burgués con toques de cine negro. El guión, entre reconstitución de la realidad y de lo imaginado por los protagonistas, deja al espectador la libertad de acabar la historia y decidir su verdadero desenlace.    

 

Erotismo filmado con un gusto exquisito, relaciones inesperadas y una sexualidad desinhibida completan un film que no será del gusto de todo el público. No es película para ver en familia pero si en pareja, o mejor solo, porque si comenzamos a dudar de los demás, ¿acabaremos dudando de nosotros mismos? La escena final puede que le dé la respuesta o le haga plantearse la gran pregunta que nos lanza su director, ¿hasta dónde estaría dispuesto a llegar para comprobar la fidelidad de su pareja?

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