La Yuma, Nicaragua 2009

Desde que en 1935 Carlos Gardel compuso el célebre tango Volver, todos sabemos que la vida es un soplo y que veinte años no es nada… Todo ese tiempo hemos tenido que esperar los espectadores, no veinte sino veintiún años y dos días para ser exactos, desde el estreno en abril de 1989 de El espectro de la guerra de Ramiro Lacayo, para poder disfrutar de una película de ficción nicaragüense. Y aunque no estemos de acuerdo con Carlos Gardel, 20 años son muchos años, debemos reconocer que ha merecido la pena porque La Yuma  es un excelente film.

Aunque parezca que de repente se ha puesto de moda realizar películas de boxeo, el deporte por excelencia más cinematográfico que pueda existir, es un género con una gran tradición en la historia del cine . Y es que su práctica incluye todos los elementos necesarios para construir una buena historia: un protagonista que lo utiliza para superarse o escapar de un entorno hostil, toda la serie de entrenamientos que nos permiten descubrir su coraje, su valentía y sus relaciones con su alter ego, el entrenador, y el duelo final frente a su contrincante, normalmente asimilable al malo de la película.

Este género tuvo su época gloriosa en  los años 40, con Gentleman Jim (1942) de Raoul Walsh, Cuerpo y alma (1947) de Robert Rossen y la excelente Nadie puede vencerme (1949) de Robert Wise, entre muchas otras. Desde entonces cada década ha tenido su película de boxeo: Más dura será la caída (1956), Rocco y sus hermanos (1960), la serie Rocky (1976), Toro salvaje (1980), The boxer (1997), Ali (2001) o el genial Clint Eastwood que introdujo el elemento femenino en este deporte con su espléndida Million Dollar Baby (2004). Y la década que acaba de comenzar ya nos ha dado dos buenas historias más, en ficción The Fighter, y el último documental de Frederick Wiseman, que tras la danza de la Ópera de París, acaba de presentar Boxing Gym.

La Yuma es una joven de un barrio marginal que quiere ser, antes que todo, boxeadora. Si en cualquier otro país este deporte puede ser un entretenido pasatiempo, para ella es una necesidad, una obligación y su razón de existir. En medio de un clima tenso entre bandas, miseria y desigualdades La Yuma quiere ser independiente, poder defenderse por sí misma e irse del país cuanto antes. Un personaje interpretado por una actriz revelación, de la que seguro tendremos noticias suyas en el futuro. Alma Blanco está impresionante en su papel, dotándolo de una exquisita sensibilidad, en un equilibrio inestable lleno de dureza y profundidad. Aunque sólo sea por ella, la película ya merece la pena.

Pero aún hay más… muchísimo más. Su directora Florence Jaugey , francesa de origen pero que vive en Nicaragua desde hace varias décadas, ha realizado un retrato magistral de la sociedad de Nicaragua, creando unos personajes admirables en una historia que no tiembla al tratar los problemas reales del país.

Pequeño detalle: el film lleva ya 13 premios internacionales. Sin embargo este semana en su estreno en El Salvador, el Ministerio de Gobernación ha dictaminado que la película contiene “elementos negativos que podrían confundir o afectar el desarrollo integral de los púberes”, recomendando que no la vean los menores de 18 años. Les puedo asegurar que diez minutos del telediario del mediodía, quizás la edición salvadoñera sea una excepción, contienen más elementos negativos que la totalidad de la película. Otra razón de más para ver un excelente cine invisible que, por una vez, se había convertido en visible.

La danza, (La Danse, le ballet de l’Opéra de Paris) Francia 2009

Frederick Wiseman, nacido en Boston en 1935, tras su formación como abogado, decidió cambiar de orientación profesional y dedicarse al cine documental. En 1963 comenzó su andadura artística y desde entonces, convertido en pionero de este tipo de películas, se ha convertido  en una de las referencias imprescindibles del género, al abordar todos los temas posibles e imaginables con gran inteligencia y sensibilidad. Prueba de ello es que tras La danza va a estrenar su nuevo trabajo centrado, en esta ocasión, en el mundo del boxeo.

 

El director, aficionado del mundo de la danza clásica, instaló su cámara en la Ópera de París, una de las instituciones mundiales más importantes en esta disciplina, durante tres meses.

 

Como un testigo indiscreto tenía la intención de filmar todo el proceso de creación de un espectáculo (ensayos, pruebas de vestuario, organización y gestión administrativa de las obras…) pero también se encontró con un lugar extremadamente jerarquizado, en el que todo debe negociarse y someterse a unas pautas y comportamientos no escritos, costumbres convertidas en leyes admitidas y respetadas por todos.

 

Otra de las opciones arriesgadas del realizador fue acumular horas de rodaje para escoger después las que resultasen más interesantes pero sin insertar, en ningún momento, comentarios o voces en off que acompañasen a las imágenes. El resultado es sorprendente y muy hábil. Asistimos en directo a los ensayos o a las entrevistas de la directora de la Ópera con el personal (prácticamente el único personaje al que se le escucha hablar durante el documental) y tenemos la sensación de ser espectadores privilegiados de la parte invisible de un espectáculo.

 

El resultado, de 2 horas 40 minutos de duración, apasionará a muchos y, también, decepcionará a algún que otro espectador. En todo caso debe reconocerse a Frederick Wiseman la inmensa capacidad y habilidad para contar una buena historia casi sin palabras, escoger y rodar unas imágenes impactantes y llenas de belleza e impulsarnos a construir nuestra propia interpretación sobre lo que ocurre en uno de los lugares de creación más herméticos del mundo.