Circunstancia (Circumstance), EE.UU. 2011

El cine siempre ha exigido sacrificios a todos los que lo integran pero en ciertos lugares del mundo estos esfuerzos se convierten en verdaderas renuncias. La primera advertencia de la valiente directora de esta película, Maryam Keshavarz, se anunciaba antes de iniciar el rodaje. Todos lo que participan en este coproducción, integrantes en su mayoría de la inmensa diáspora de origen iraní, sabían que al integrarse en el elenco nunca podrían volver a Irán, bajo pena de arresto, latigazos u otras condenas o, incluso, la cárcel.

Rodeados de estas circunstancias tan especiales, la película que mejor representa la realidad actual iraní, evidentemente, no podía rodarse evidentemente en el país. Destino alternativo: la moderna Beirut que posibilitaba que las actrices no tuviesen que filmar las secuencias con velo. Todo el equipo se traslada a la ciudad con una maleta llena de autorizaciones. A la primera impresión, una ciudad dinámica y alejada de la constante vigilancia iraní, se une la primera sorpresa: el equipo tiene la autorización de rodar, sí, pero no el guion que estaba previsto. A partir de ese momento, todos deciden adoptar la máxima iraní “mantener una constante apariencia y estar preparados “en caso de”. Y el caso, en concreto, llegó en el peor momento de rodaje, como era de esperar.

Pequeña anécdota para esta circunstancia tan delicada, a añadir a esta primera película. Los interiores de la casa familiar se rodaron cerca de la residencia de un diplomático. En pleno rodaje de unas de las escenas, se oyen gemidos y susurros (no es lo que cualquiera se puede imaginar, hay que ver la película para comprender lo ridículo de la situación) y en menos de 10 minutos, apareció todo un enjambre de policía a las puertas de la casa. Lo que confirmó su sospecha de estar bajo escucha desde el primer minuto de la película.

Sarah Kazemy, una de las protagonistas, es aun más magnética en persona que en la película. Estudiante de derecho, el cine estaba totalmente alejado de sus proyectos personales, pero, por pura casualidad, se presenta a las pruebas y la directora sabe de inmediato que acaba de descubrir un pilar fundamental de su película. El espectador tiene la misma sensación y estoy seguro de que no será la última vez que la veamos en la gran pantalla.

Dos amigas intentan vivir su juventud entre la reprimida juventud de Teherán. En primer lugar la película tiene un inmenso valor documental sobre la realidad del país, dividido entre un gobierno que recrimina cualquier expresión de los tiempos modernos (la música pop y, no digamos, mucho del cine actual están totalmente prohibidos) y una juventud que no se somete a un sinfín de censura. Solución: buscarse la vida cada minuto de cada día. Organizar fiestas en los sótanos privados, cambiarse en los baños los tupidos velos por profundos escotes, doblar ellos mismos las películas al farsi… en un país en que el mercado negro de pelis y discos es tan floreciente como el del petróleo.

Por otra parte el análisis político del film es más devastador de lo que asemeja a primera vista. El hermano de una de las protagonistas, Reza Sixo Safai, integra la casa familiar tras pasar por una clínica de desintoxicación (un tema que ya aborda brillantemente otra película iraní, Mainline) y conoce a la amiga de su hermana, Sarah Kazemy. Tras un pasado agitado, súbitamente comienza a recriminar las andanzas de las dos jóvenes, a su gusto impera demasiada libertad en el interior de su familia y, frente a un padre comprensivo ante su hija, Soheil Parsa (conocido director de teatro en Toronto), aumenta la presión para que cesen tales aventuras, hasta un extremo inimaginable. El enemigo en casa es lo más difícil y delicado de combatir.

Pero lo que más ha dado que hablar de la película ha sido las relaciones entre las dos protagonistas. Dos jóvenes en busca de su identidad, obligadas a fingir y perseguidas en el interior y en el exterior de su marco familiar. Su amistad se transforma en otro sentimiento quizás, sencilla y llanamente, porque la única posibilidad de explorar su sexualidad es entre ellas. Una Circunstancia que influye en la integridad de su vida y que, en otro contexto o bajo otras circunstancias, puede que hubiese sucedido de otra manera.

Una película que gracias a una inteligente mezcla de documental, política e historia personal ha cautivado a los espectadores y a los jurados de los festivales de Sundance (Premio del Público), Roma o Valladolid (Especial del Jurado) y que un año después aun esperamos su estreno. ¿Cuándo cambiarán las circunstancias en este caso?

Quelques Jours de Répit (A Few Days of Respite), Argelia 2010

Amor Hakkar, realizador de la sorprendente La Maison jaune (2008), al cerrar la última página del periódico que estaba leyendo, sabía que ya tenía el tema de su próxima película. Un artículo le había impresionado tanto, que hasta que no realizase el film, no se quedaría tranquilo. La prensa narraba la historia, por desgracia habitual, de una pareja iraní de homosexuales condenados a muerte. Dos más entre las aproximadamente 400 ejecuciones que practica este país cada año.

Pero Amor Hakkar prefiere insinuar que mostrar, contar antes que sentar cátedra o invitar a la reflexión en lugar de imponer un discurso. Su historia, plasmada en un sutil guión, podría constituir el mes precedente a la citada noticia de la prensa. Quizás, esos días de respiro o de tregua, que lleva por título la película.

Un hombre, en la penumbra de una habitación, está cortándole el pelo a otro. Un acto íntimo, lleno de ternura, que no por ello deja de deja recordarnos los preliminares de una ejecución. La siguiente escena ha cambiado de país y de luminosidad. Un profesor de universidad, interpretado por el propio director, y un fotógrafo, Samir Guesmi, han atravesado la frontera suiza para entrar en Francia, escapando de su país, y caminan por las vías de un tren.

En este sendero hacia la libertad se encontrarán con dos personas. La primera, un hombre acostado en el suelo, que también espera el tren, pero no para escapar sino para suicidarse. Los fugitivos le ayudan a levantarse y le acompañan a su casa para intentar evitar su muerte. Pero llega un momento en que deben irse y, tras unos metros de camino, el eco de un sonido les traerá el desenlace que el suicida ha decidido para sí.

Su segundo encuentro es mucho más importante. Al ver en la estación a una señora cargada con una maleta, uno de los fugitivos, que viajan separados para no despertar sospechas, decide ayudarla a subir al tren. La increíble actriz, Marina Vlady, que ha rodado a las órdenes de Orson Welles, Jean-Luc Godard o Ettore Scola y hacía años que no aparecía en pantalla, interpreta a este personaje con una tremenda dulzura. Ambos comienzan a charlar para llenar el tiempo del viaje y ella se da cuenta, de inmediato, de su condición de inmigrante. Para poder ayudarle le ofrece un trabajo provisional, hacer algunas chapuzas en casa y pintar el salón.

Un vez llegados a una ciudad de provincias, la pareja se instala en un modesto hotel. Como nada les obliga a continuar el viaje, el profesor acepta la oferta y trabajará durante la jornada mientras que su compañero le espera en la habitación. Pero, evidentemente, nada ocurre como se supone que debía suceder. Una delicada, sobria y sincera película que consiguió formar parte de la selección oficial del Festival de Sundance 2011.

El hombre de al lado, Argentina 2009

La película comienza con uno de los títulos de crédito más estéticos de los últimos años. La pantalla dividida en dos muestra ambos lados de una pared, en la que alguien está abriendo un hueco. El origen del problema, un hombre que decide abrir una ventana en frente de la casa de su vecino, para tratar de todo, y una perfecta excusa para tratar de las relaciones entre los seres humanos, en clave de comedia.

La única construcción de Le Corbusier en América Latina realizada para el cirujano Curutchet en el año 1954, del que toma su nombre, e inscrita por la UNESCO en el Patrimonio de la Humanidad, no queda nada bien con una ventana en frente del salón. Si bien es cierto que la casa no es un edificio cualquiera, ante este conflicto los interesados tendrán que apañárselas solitos e intentar solucionar el problema.

Mariano Cohn y Gastón Duprat en su cuarto film ruedan esta inesperada historia contando con esta mansión como un personaje más de la trama y abrazando los espacios que ofrece: volúmenes repletos de ángulos, luces que invaden los espacios, aperturas ingeniosas y mobiliario adaptado al ambiente. La película goza de una cuidada fotografía que le ha valido su reconocimiento en el último Festival de Sundance para esta categoría.

Pero el principal interés del film recae sobre los dos personajes protagonistas, en apariencia antagónicos, y que la realidad y las circunstancias se encargarán de acercar. Leonardo, reputado arquitecto, y Víctor, vendedor de coches y conocido sólo por sus amigos, interpretados magistralmente por Rafael Spregelburd y Daniel Aráoz.

Una película sumamente inteligente basada en una continua dualidad, interior y exterior, un divertido análisis de la lucha de clases o, por lo menos, los prejuicios de sus integrantes, y un hábil incremento de la tensión de un conflicto banal. El film contiene momentos estelares, en especial, cuando los personajes están en grupo. Una representación en sociedad en la que contamos como queremos ser, raramente como somos en realidad.

En esta versión argentina del infierno son los otros, que diría el filósofo Jean-Paul Sartre, la sincera brutalidad de Víctor equilibra el egoísmo y cobardía de Leonardo porque, en muchas ocasiones, el hombre de al lado es el simple reflejo de uno mismo.

Animal Kingdom, Australia 2010

Llega el momento de echar la vista atrás y retomar algunas de las películas que, por una razón u otra, no he podido abordar durante los últimos meses. Y entre éstas no podía faltar la ópera prima de un australiano, David Michôd, que ha conseguido unir crítica y público, en un trabajo que le ha llevado 9 años, y que es, sencilla y llanamente, una de las mejores películas del año 2010.

Presentado unánimemente por la prensa y la crítica como un brillante thriller de asesinos, personalmente creo que va mucho más allá. Animal Kingdom es la adaptación más sutil e inspirada del universo de Shakespeare: traiciones, poder, crímenes, familia, incestos intelectuales y pistolas reales, amor, venganza y frialdad. ¿Quién no ve aquí el compendio de las tragedias del dramaturgo inglés?

La época es lo de menos: los años 80, con sus excesos, sus camisas a cuadros, pantalones de pata de elefante y un ambiente en el aire de “consigue la mayor cantidad de dinero en el menor tiempo posible”. El lugar da igual: Melbourne como un paraíso en el que atracar un banco en su tiempo era una profesión como otra cualquiera. La estructura indiferente a este sueño shakesperiano: la familia que atraca unida, permanece unida.

Un director con un talento increíble para unir escenas, crear ambientes, construir personajes y sorprender al espectador, rodeado de un equipo de actores de ensueño. El protagonista por primera vez en la pantalla, James Frecheville, fue elegido entre 500 aspirantes procedentes de toda Australia, encarna a este adolescente que, tras la muerte de su madre (impresionante primera escena de la película por la crueldad de la actitud del protagonista) se va a vivir con sus primos. Guy Pearce, el inevitable inspector de policía, que podría ser un sustituto de la figura del padre que el protagonista jamás ha llegado a conocer pero que se limita a realizar su trabajo sin reflejar ningún tipo de emoción.

Y, por encima de todos, la alucinante Jacki Weaver. Pocas veces la pantalla ha mostrado una madre de familia tan animal, dispuesta a proteger con uñas y dientes al conjunto de su camada, bestial si alguien trata de rozar siquiera a sus “inocentes” cachorros.

Un peliculón que arrasó en los festivales, Sundance incluido, y que nos impide para siempre volver a quejarnos de nuestra familia. Comparadas con la de Animal Kingdom todas se parecen a la de La casa de la pradera.

La Casa Muda, Uruguay 2010

Un brillante ejercicio de estilo como tarjeta de presentación internacional. Gustavo Hernández ha conseguido realizar una película con un presupuesto de 6.000 dolares, un rodaje de 4 días y un único plano secuencia de casi 80 minutos (no es sólo uno en realidad, pero lo parece) con la cámara Canon EOS 5D Mark II (la misma que se utilizó en la creativa Rubber). Y, por si fuera poco, vender los derechos de adaptación para la versión The Silent House, que ya se ha presentado en el Festival de Sundance de 2011. No está nada mal para un debut cinematográfico.

Como imagino le ocurre a todo buen aficionado al cine, me encantan los planos secuencias. Estas tomas únicas, que se alargaban hasta 11 minutos con las cámaras tradicionales, y que aportan al espectador una sensación extrema de vivir la historia, al mismo tiempo, que los personajes. Por citar, únicamente, tres planos secuencias míticos debemos comenzar por el espléndido plano realizado por F. W. Murnau, ya en 1927, en una de las películas mas bellas de la historia del cine, La Aurora. Otro plano secuencia inolvidable del cine clásico se lo debemos al maestro del suspense, Hitchcock, en La soga (1948), y por citar uno contemporáneo, añadiría la hipnótica Elephant (2003) de Gus Van Sant.

Película basada en los hechos acaecidos en el pueblo uruguayo de Godoy en los años 40: en una granja aislado se hallaron los dos cuerpos mutilados de dos hombres con las lenguas cortadas y rodeados de extrañas fotografías. La investigación policial no logró aclarar el suceso de la época y el, o los, asesinos nunca fueron localizados. Un enigma digno de las mejores novelas negras y que Gustavo Hernández ha querido esclarecer, de manera cinematográfica.

Una película de horror centrada más en la sensación del terror, que en los habituales litros de sangre derramada, con una puesta en escena meticulosa, una iluminación perfecta y una excelente dirección artística. Según entran en la casa los protagonistas, los espectadores comienzan a tener miedo y… es que como está el sector inmobiliario últimamente.

Tras su pase por el Festival de Cannes, el director añadió una escena después de los títulos de crédito finales, lo que alarga, más aún, una película que ya se hacía un poquito larga en su origen. Lo que no disminuye el esfuerzo y la inteligencia de este intento de rehabilitar un género hiper codificado, con un planteamiento interesante y unos recursos artísticos muy bien dosificados y, sobre todo, permite intuir el gran talento del joven director, Gustavo Hernández, que realmente promete. A vigilar muy de cerca.

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