Wir sind die Nacht (Somos la noche), Alemania 2010

El expresionismo alemán de los años 20 trasladó el mito del vampiro al universo del cine sentando las bases de un género, que no ha conocido la crisis desde su creación, con míticas películas como Nosferatu (1922) de F.W. Murnau o M. el vampiro de Düsseldorf (1931) de Fritz Lang. Quizás el hecho de que años más tarde un energúmeno, chillón y con bigote, obligase a la mayoría de estos célebres cineastas a salir corriendo de su país, sea la causa de que, casi un siglo después, el cine alemán no haya recuperado aún este magnífico legado.

 

El director Dennis Gansel, con un excelente bagaje en su haber, Napola (2004) sobre el nazismo o la inquietante reflexión de La ola (2008) sobre el espíritu de equipo llevado al límite, se ha atrevido con este proyecto que había concebido en 1996, cuando aún era estudiante de cine, actualizando la figura del vampiro, en este caso, femenino. Los miembros vampiros masculinos han sido eliminados al resultar demasiado molestos, escandalosos y perjudiciales para el colectivo. Ya nos habían anunciado que el siglo XXI será femenino o no será, pero lo que esperábamos es que fuese menos sangriento.

 

El realizador ha modernizado los códigos de los glóbulos rojos en un explosivo cóctel entre Sex and the city, Millennium y Twilight, eliminando los obviedades de éstos y añadiendo elementos nuevos para crear una nueva generación de inmortales. La película destila una ironía que la bonifica (excelente el método de bronceado que utilizan) y posee una de las mejores réplicas de este género en los últimos años lanzada por una delicada señorita: podemos comer, beber, esnifar coca y f… todo lo que nos apetezca sin engordar jamás, quedarnos embarazadas o caer enfermas. Una declaración de principios digna de Epicuro.

 

Lena, una joven marginal, se cuela una noche en un club alternativo y conoce a Louise, la propietaria del lugar, que se enamora inmediatamente de ella. Lo que no sabe es que ésta forma parte de un trío de vampiras. El mordisco es a primera vista y, a partir de ahí, Lena saboreará las ventajas pero también los inconvenientes de su nueva condición. Menos mal que algo malo tiene sino nos apuntábamos todos.

 

El Festival de Sitges supo apreciar su calidad e ironía otorgándole el Premio Especial del Jurado. Sus defectos no ocultan los logros de un honesto trabajo de modernización del mito que, sobre todo, demuestra que Berlín es una ciudad magníficamente cinematográfica para este tipo de cine.

Rubber, Francia 2010

No sabíamos si iba a llegar o no. El año se estaba acabando y ya estábamos impacientes por lo mucho que tardaba en aparecer. Y de pronto, escondida tras un título extraño, Rubber (goma o caucho), aparece la película más friki de la cosecha 2010. El film que recuerda los viejos tiempos del Festival de Cinema de Catalunya, cuando todavía se llamaba de cine fantástico y de terror, y que en su sesiones golfas el público vitoreaba al unísono las torturas de un grupo de tipos raros, en un film de un nuevo director americano con nombre italiano (algo así como Tarantino), o aplaudía a rabiar las toneladas de tomate de un película gore, Bad taste (Mal gusto), de un neozelandés con apellido de cantante de pop, Peter Jackson. Rubber, la película más sorprendente del año, tiene además al protagonista más inesperado de los últimos tiempos y que, sin duda, merece el Óscar a la mejor interpretación. Eso sí, no es obvio indicar en qué categoría. Véase una de las fotografías de este estupendo actor.

 

Sí. El único protagonista de esta película es un neumático. O para no herir sensibilidades de género, una rueda. Él o ella no se ha pronunciado al respecto. El argumento de este peliculón es todo un drama, rodado en forma de comedia. El neumático, o la rueda, descansa en el desierto californiano hasta que se despierta o resucita, frente a un grupo que espectadores que van a observar sus peripecias a través de unos prismáticos, y empieza a recorrer el desierto. En su camino encontrará a un grupo de neumáticos abandonados y quemados. No sabemos si por conciencia de clase o por odio, evidentemente como es un neumático no habla, decide vengarse de esta infamia.

 

El protagonista posee poderes de telequinesia (o sea, que puede hacer estallar un objeto o un ser vivo gracias a su fuerza mental) y comienza su venganza. En su camino se cruzará una chica despampanante, de la que evidentemente se enamora, y decide seguirla. Pero sus crímenes comienzan a acumularse y el sheriff del condado con su equipo se lanzarán a una implacable caza al hombre, perdón, al neumático sin piedad alguna.

 

Todo esto puede sonar a inocentada, a broma o a un delirio producido por el consumo de sustancias de comercio ilegal. El hecho primordial es que la película nos muestra, a través, de un excelente montaje, un inspirado guión, un estudiado ritmo de las escenas y una sabia combinación de planos e iluminación, toda la gama de sensaciones y sentimientos que habitualmente interpretan los actores de carne y hueso. Y, por otra parte, el público disfruta a lo grande de la historia entre carcajadas y sorpresas diversas de los hallazgos del guión.

 

Quentin Dupieux, también conocido en el mundo de la música electrónica como Mr. Oizo, trabaja rápido y bien. Rodada en dos semanas, con mucho talento,  y en unas imágenes espléndidas del desierto californiano, la película divierte al mismo tiempo que plantea el papel del espectador frente a las imágenes y las historias. El autor es generoso y no duda es desvelar la clave de la película en un inicio antológico. El sheriff, dirigiéndose directamente al público, se pregunta por qué E.T. es de color marrón, por qué los protagonistas de Love story se enamoran o por qué en JFK de Oliver Stone, de repente, van y se cargan al presidente. Siempre obteniendo la misma respuesta: No reason (sin razón). Quizás por esa sencilla razón nos guste tanto esta excelente serie B o Z, o lo que sea.

Enter the void, Francia 2009

Existen cineastas que investigan nuevas formas de expresión para cambiar la forma de construir una película o contar en imágenes una historia. Entre los que se aventuraron por caminos salvajes y territorios inexplorados podríamos citar a Kenneth Anger, Stanley Kubrick o David Lynch, considerados ya como clásicos del cine.

Pero ha nacido una nueva generación de amantes del cine que continúa ese trabajo y uno de ellos sería el director francés Gaspar Noé. Frente a estas propuestas, muchas veces radicales, el público no permanece indiferente. Algunos ponen el grito en el cielo mientras otros reclaman la categoría de obra maestra. Los extremos se tocan y sólo la reflexión en el debate hace que éste sea productivo. El jurado del Festival de Sitges 2009, considerando la calidad y la originalidad de Enter the void, no dudó en otorgarle dos importantes premios, situando a su creador entre las personalidades a observar e invitando al público a seguir su trabajo.

 

La película es el primer melodrama psicodélico de la historia del cine y desaconsejable a todos aquellos que sufran de mareos o vértigos. Lo primero que llama la atención es cómo el director ha podido conseguir esos interminables planos que atraviesan media ciudad, saltan sobre los muros, filman desde el cielo, entran por la ventana de un rascacielos, salen por la puerta y bajan de nuevo hasta la calle en un única toma. La dificultad era tan grande que durante el rodaje el director no podía conciliar el sueño, a causa de las pesadillas que le provocaban las grúas de las escenas.

 

La historia, como es frecuente en el cine de Gaspar Noé, parte de un accidente que cambia el curso de la vida. En este caso, frente a la pérdida de sus padres, dos hermanos juran protegerse mutuamente, incluso más allá de la muerte. El director encontró a Paz de la Huerta, espléndida en el papel, en Nueva York y supo de inmediato que ya tenía a su protagonista. A continuación, buscó entre aficionados o actores desconocidos al que protagonizaría el papel de su hermano, que en ningún momento de la película está filmado de frente.

 

Aunque en principio pensaba rodar la película en la cordillera de los Andes, después en Francia y más tarde en Nueva York, al final Gaspar Noé se decidió por Japón. Las luces incesantes y los colores vivos de la ciudad de Tokio combinan perfectamente con las alucinaciones que, desde el minuto 30 del film hasta el final de la película, sufre el hermano de Paz de la Huerta.

 

Enter the Void se presentó en el Festival de Cannes 2009 sin finalizar y con un metraje de 2 horas 41 minutos. Después se trabajó en post-producción durante tres meses más añadiendo efectos visuales y sonoros. Aunque la película peca por exceso en la duración, entre 20 y 30 minutos menos no le vendrían nada mal, Entre the Void es una de las experiencias más flipantes, y nunca mejor dicho, del cine actual.