All That I Love (Wszystko, co kocham), Polonia 2009

Ser joven y polaco en el año 1981, en plena represión militar del sindicato obrero Solidaridad de Lech Walesa, no era nada sencillo y, mucho menos, si lo que más te gustaba era la música punk y tus canciones tenían letras como “vamos a dormir y soñar que hay libertad. Está tan oscuro aquí”. Por eso la juventud del protagonista de esta historia no puede ser más intensa. No digamos si se añade el hecho de que su padre trabaja en el ejército y su novia es la hija de un representante sindical.

Tras arrasar en los años 70 y 80 con cineastas tan significativos como Agnieszka Holland, Krzysztof Kieslowski, Roman Polanski, Jerzy Skolimowski o Andrzej Wajda, el cine polaco cayó en una larga travesía por el desierto que le alejó del público durante décadas. La creación en 2005 del Instituto Cinematográfico Polaco ha conseguido relanzar las producciones nacionales, de 10 a más de 50 películas al año, captar de nuevo el interés del público, pasando de menos de medio millón en 2005 a casi 10 millones de espectadores en 2010, y el éxito en los festivales internacionales de los nuevos directores, Robert Glinski, Borys Lankosz o Wojciech Smarzowski.

Jacek Borcuch, en su tercera película, se interesa más por el momento crucial del paso de la adolescencia a la edad adulta que por las peripecias históricas de su país. Pero su punto de vista produce el efecto contrario, y este momento se entiende mucho mejor, a través de las situaciones que afectan a los protagonistas, que a partir de los habituales discursos, típicos e ilustrativos, que suelen adoptan otros directores.

Una de las sorpresas del film es el descubrimiento del actor Mateusz Kosciukiewicz (que tiene, por cierto, un parecido más que razonable con Robert Pattinson). En una interpretación tan convincente en las escenas de los conciertos y ensayos, llegó a actuar en directo, como en el dominio de un difícil equilibrio entre un adolescente desorientado y la fuerza que se supone que debe tener un cantante del movimiento punk.

Una película que habla de rebelión personal, de la lucha de un todo un pueblo y con una escena, el concierto frente al censor de turno, que despierta la simpatía de cualquier espectador. Como en la canción del grupo, aunque nos encanta que la sala esté oscura, lo que en realidad nos gusta ver en la pantalla es la libertad.

Essential Killing, Polonia 2010

Sobre un fundido en negro inicial se escuchan unas interferencias, que impiden comprender el contenido de la conversación, como una premonitoria metáfora sobre la abundancia de noticias y la dificultad de confirmar la veracidad de cualquier información.

El film se abre con unas radiantes imágenes de un paisaje quemado por el sol desde un helicóptero americano que sigue a tres de sus soldados desplegados por tierra en busca del enemigo del país. Del último de la lista, hasta el momento, porque antes han existido muchos otros: ingleses, indios, confederados, españoles, filipinos, alemanes, japoneses, rusos, coreanos, cubanos, vietnamitas, iraníes, iraquíes, afganos… de este singular listado de un país que, tras poco más de dos siglos de existencia, parece no tener fin.

Solamente un director tan excepcional como Jerzy Skolimowski, que además es guionista, actor, pintor, poeta y, hasta en sus tiempos, boxeador, podía realizar una película que contiene más información real que cualquier informativo o periódico de la actualidad. Sin prácticamente diálogos, el discurso visual es más que suficiente, estos 84 minutos de una poderosa e inhabitual fuerza expresiva ilustran la violencia de una imparable maquinaria militar, en la caza al hombre que se ha transformado en animal.

Sin ninguna posición ni discurso ideológico, sin localización exacta de la acción y sin más recursos que unos actores excepcionales, Vincent Gallo, más que merecido premio de interpretación masculina en la Mostra de Venecia 2010, y Emmanuelle Seigner, que encarna el único momento de humanidad en un film de animales salvajes, un excelente guión y un inspirado sentido de la puesta en escena, el director, también galardonado con el Premio Especial del Jurado de la Mostra, ha conseguido que el espectador no mueva ni una pestaña durante toda la proyección.

Desde hace algún tiempo cuando quiero realmente informarme sobre la actualidad, voy al cine. En el momento en que la realidad se mezcla con la ficción, por evitar polémicas y no utilizar la palabra mentira, la ficción se ampara de la realidad. Georges Bernanos, un novelista más próximo al sentimiento trágico y cristiano de Unamuno que a los extremismos de un radical, escribía en su Carta a los Ingleses (1942), “en el interés de las sociedades amenazadas les invito a ver el peligro en el lugar donde se encuentra, no en la subversión de las fuerzas del mal sino en la corrupción de las fuerzas del bien”. Por mi parte, simplemente, os invito a ver cuanto antes este necesario film.

Rewers, Polonia 2009

Espectacular. La moderación debe imponerse a cualquier elogio y la sabiduría de Tales de Mileto ya nos aconsejó, hace mucho tiempo, ”sea tu oráculo la mesura”. Pero ante ciertas obras, sobre todo cuando sales del cine eufórico, con ganas de volver a entrar a la próxima sesión, olvidándote de cualquier otro compromiso, se impone un adjetivo: sublime.

 

El primer largometraje del director polaco de 37 años, Borys Lankosz, es una delicia, desde la secuencia del inicio hasta el último fotograma. Una sabia combinación de imágenes de archivo, el tratamiento del blanco y negro para la parte de los años 50 en que transcurre el film, en inspirado homenaje que recuerda los clásicos de antaño, sin referencias concretas, por la riqueza de sus detalles y el empleo de la profundidad de campo, y el color utilizado en la historia que se desarrolla en la época actual, consiguen un marco estético incomparable para un guión inteligente y unos actores inspirados.

 

La inmensa mayoría de las películas sobre el comunismo han aportado únicamente la visión de los hombres, olvidando la percepción que las mujeres tenían de este período de la historia europea. El director ha optado por contar la historia desde una óptica original y diferente, la de una familia de tres mujeres que viven la época sin mezclarse políticamente en ella y esperando tiempos mejores, como de hecho ocurre con la mayoría de la población en este tipo de situaciones. La joven protagonista de 30 años, Sabine, tímida y reservada espera encontrar, sin mucho éxito por el momento, al hombre de su vida. El tiempo pasa y su madre y su abuela, desesperadas, hacen desfilar por la casa en que viven juntas algunos candidatos para ver si la introvertida Sabine se decide. Una noche tras salir de su trabajo conoce, como por arte de magia, al hombre de sus sueños: Bronislaw, un moreno, tenebroso y viril, que conquistará de inmediato su corazón.

 

Por ahora pensarán que no hay nada nuevo bajo el sol pero el arte del director convierte este simple historia en un verdadero y lúdico juego. La película comienza como el típico drama burgués a la Claude Chabrol, pasando por la comedia para terminar como un excelente film negro como el azabache. Esta sucesión de géneros desfila ante nuestros ojos mediante una reflexionada solución de continuidad que se hace evidente.

La película está llena  de sorpresas visuales y narrativas por lo que es imposible contar nada más del guión sin descubrirlas. Pero en el film hay una infinidad de detalles, una moneda de oro que preocupa en extremo a nuestras protagonistas, el departamento de Poesía del Ministerio de Cultura de Varsovia donde trabaja Sabine, un suspense sobre un pasajero que llega al aeropuerto, unos vecinos inquietantes… y, por encima de todo, una soberbia interpretación de su protagonista, Agata Buzek, que ha cosechado todos los premios de su país, al igual que la película.

 

Sin lugar a dudas, una de las mejores películas del año. Los distribuidores deberían echar a correr para adquirir de inmediato sus derechos de exhibición. Un pequeño detalle: el título no es muy atractivo, propongo para su versión en español, “Las travesuras de una polaca buena”.