Detachment, EE.UU. 2011

Existen cineastas, pocos, que saben expresar a partir de cualquier tema el ambiente general del momento histórico actual y Tony Kaye es uno de ellos. Esa indiferencia o imparcialidad que lleva por título su película, en realidad, expresa todo lo contrario del ideal del protagonista, que lo intenta para protegerse pero que no lo consigue por mucho que se empeñe. Un film que también podría haberse llamado, precariedad en medio hostil o soledad en medio de la multitud.

Un profesor sustituto se ocupará de una clase de instituto de uno de los barrios más alejados y calentitos de la gran manzana: la última entrega de la enseñanza, como tema que más parece excitar la imaginación de los cineastas contemporáneos, vistas las numerosas películas, ya sea en ficción o documental, que se han basado en ella en los últimos años. Y es que el asunto contiene todos los elementos fundamentales de una buena intriga: enfrentamiento, diversas personalidades, tensión y obstáculos insalvables (económicos, sociales, étnicos…).

Adrien Brody es el protagonista de este apasionante film. Un actor elegante que sabe abordar cada papel con inteligencia y que se muestra a la altura una vez más. Él sabe que no podrá cambiar ni aportar algo esencial a sus alumnos, en un período tan breve como tres semanas, por lo que desde el primer instante intenta tomar la distancia necesaria para que su frustración no sea más intensa de lo soportable.

El paralelismo evidente frente a la situación actual de la precariedad del mundo laboral, en la que se exige una total implicación para lapsus de tiempo cada vez menores, ni siquiera es subrayado por el autor. Tony Kaye quiere contar esta historia y nada más pero las anécdotas bien escritas tienen el poder de superar su dimensión local conquistando más espacio (al fin y al cabo, si Nader y Simin, un proceso habitual de separación entre una pareja, ha llegado al Oscar y, sobre todo, al corazón de millones de espectadores, es porque no sólo se trata de un divorcio).

Tony Kaye, el director de Detachment, puede que sea el director con peor suerte del cine americano. En 1998 con American History X su duelo con el protagonista, Edward Norton, lo convierte en el apestado de la industria, en 2006 realiza uno de los documentales más fuertes de los últimos años, Lake of Fire, sobre el aborto en los EE.UU. que, por desgracia, supongo que ha sido visto por 7 u 8 espectadores en el mundo, en 2009 le proponen un thriller con muy buena pinta, Black Water Transit, que hoy día todavía duerme el sueño de los justos, y su última obra, Detachment, con un elenco de lujo -Adrien Brody (Oscar por El pianista), James Caan (Oscar por El padrino), Marcia Gay Harden (Oscar por Pollock) y Lucy Liu (perfecta en profesora “desesperada”)- todavía no se ha estrenado en su país. Se supone que, con suerte, lo logrará este mes.

Estéticamente la película mezcla cinco tipos de imágenes diferentes que se combinan a la perfección con el argumento. Su estilo, realizador superdotado de clips musicales (también fue galardonado con un Grammy), se conjuga entre lo que el protagonista desea, lo que realmente vive y lo que los demás esperan de él. Otra línea argumental aparece en mitad del film, alguien a quien salvar o, por lo menos, impedir que caiga aún más.

Detachment, verdadera gozada visual, con unos actores espléndidos y con Tony Kaye, su director, introduciendo historias según avanza el guión, no defrauda. Quizás sean demasiadas, pero es preferible a la sequía que ha acompañado la cosecha americana de 2011. Este año, con Detachment, puede que el cine americano cambie y encuentre el espacio dedicado al cine adulto que ha perdido en los últimos años. Veremos.

Martha Marcy May Marlene, EE.UU. 2011

¿Cómo puedes situar la realidad cuando te han borrado la capacidad que te permite delimitar sus fronteras? Acostumbrados a los lavados de cerebro permanentes pero, por suerte, en pequeñas dosis, el control de los medios de comunicación, la invasión de la publicidad para crear necesidades inexistentes o el reciente deseo de limitar la libertad en internet (lo que implica la imposición de lo que podemos ver, leer o comentar), la peor pesadilla imaginable es caer en las redes de un lavado mental global que aniquile íntegramente la personalidad individual.

Sean Durkin sabía que tenía un buena historia y no podía dejarla sin agotar sus posibilidades. En 2010 presentó un corto en el Festival de Sundance, Mary Last Seen, que contaba el viaje sorpresa que un joven organiza para su novia. El destino que prometía ser idílico, se transforma en un lugar radicalmente diferente a lo imaginado. Sin embargo, el director tenía la sensación de que no había finalizado con su obsesión. Tras el éxito de su cortometraje, el año pasado volvió a Sundance con su primera película, Martha Marcy May Marlene, repitió y, además, se llevó el premio al mejor director.

Sean Durkin aborda el tema de las sectas de una manera realista, huyendo de los efectos facilones y de la caricatura exagerada. Por eso la película resulta tan inquietante y da tanto miedo. El film transmite una tensión que se derrama sobre el patio de butacas, genera sobresaltos ante la violencia de las situaciones y seduce por su continuo aleteo entre la angustia y la paranoia de su protagonista.

Elizabeth Olsen (que también protagonizará la versión americana de La casa muda) ha podido escapar de una secta y se ha refugiado en la casa de su hermana. El interés y la inteligencia de su guion sitúan la acción en las semanas posteriores a su retorno a una vida libre. Pero, ¿cómo volver a un comportamiento normal, o integrarse en su familia, cuando se ha perdido toda iniciativa personal?

El montaje de la película mezcla situaciones anteriores o recuerdos del pasado con momentos del presente, de tal forma que será el espectador quien decida si algunos miembros de la secta están acosando a la protagonista o si sólo se trata de alucinaciones, fruto de su imaginación aún perturbada por el confinamiento. Una propuesta que juega con la realidad o, en todo caso, con su apariencia en una lograda primera película.

Take Shelter, EE.UU 2011

El público de cine invisible no tendrá que esperar al 21 de diciembre de 2012 para disfrutar del fin del mundo. Los mayas decidieron finalizar su calendario justo ese día (quizás se cansaron, sencilla y llanamente, y pensaron que ya tendrían suficiente tiempo para continuarlo) y en 1987 un célebre libro desarrolló la teoría de la extinción del universo. Sin embargo el cine durante todo este año se le ha adelantado y al crear un nuevo subgénero, el de la catástrofe mental, nos ha deleitado con los mejores apocalipsis de los últimos años y Take Shelter (que se podría traducir por “refugiarse o buscar un refugio”) es, sin duda, el mejor del año (premiada en Cannes, Gijón, New York…).

Curtis LaForche, interpretado por el excelente Michael Shannon, un nombre que es mejor empezar a recordar dado que no me extrañaría verle entre los nominado a los Oscars, vive tranquilo en Ohio, rodeado de su esposa y su hija, sin grandes dificultades económicas (lo que es un lujo en estos tiempos) y con un trabajo correcto y seguro en el sector de la construcción. Sin embargo frente a su presente felicidad aparecen unos enormes nubarrones, en forma de pesadillas nocturnas y visiones, que le anuncian una horrible tormenta que destruirá todo a su paso.

Jeff Nichols, director de esta segunda película tras una excitante Shotgun Stories (2007), ha escrito este sugerente guión lleno de recovecos, túneles, interpretaciones, alusiones y referencias. Una escritura tan lúcida e inspirada que el día de su presentación los espectadores que permanecimos en la sala, unas 60 personas, discutimos sobre el significado de su final durante casi una hora y media. Interesante debate y apasionante película que parte de la realidad y de la propia experiencia de su director. Jeff Nichols comenzó a escribir en mal momento histórico, en pleno estallido de las crisis de 2008, pero muy feliz desde el punto de vista personal, se acababa de casar y estrenar su primer film. Pero el bombardeo mediático y las continuas declaraciones del inminente desastre produjeron este miedo que se ha instalado en todos nosotros a perder lo poco que tenemos, incluido lo que más nos importa, las personas que nos rodean.

Un consejo: ver esta película sin saber de ella es una de las mejores experiencias cinematográficas del año. Sólo un par de detalles más. La mujer del protagonista, Jessica Chastain, confirma a esta actriz como una de las más sobresalientes estrellas actuales. ¿Cómo acompañará a su  marido frente a sus miedos? ¿Hasta dónde podemos creer en lo que no vemos? ¿Cómo enfrentarse a unos comportamientos que pueden poder en peligro lo que ha costado tanto construir? Una interpretación sutil, cargada de inquietud y con una presencia física en tensión que se adivina hasta en el menor gesto.

Una escena sublime del film presenta a la hija de la pareja mirando concentrada por la ventana que da al exterior, en la misma posición que la niña de Poltergeist (1982). Referencia obliga, si en los años 80 el terror venía a través de las imágenes que manipulaban a la sociedad y anticipaban la “desinformación”, Jeff Nichols con esta fantástica puesta en escena sitúa el terror actual. El miedo ya no es un producto de nuestra imaginación, se encuentra sencillamente en frente de nosotros y es producto de la realidad que hemos creado. ¡Guau! Otro nombre a recordar, Jeff Nichols, que con poco más de 30 años se ha convertido en el director americano más interesante de la nueva generación.

Putty Hill, EE.UU. 2010

Matthew Porterfield, el realizador de este segundo largometraje, tras haber localizado exteriores e iniciar el rodaje de algunas de las escenas de un proyecto titulado Metal Gods, se encontró con que el presupuesto no era suficiente para terminarlo. Pero contento del resultado, decidió utilizar este material para Putty Hill, film con unas necesidades económicas muchísimo más reducidas (80.000 dólares). El resultado es tan espectacular que la película se ha paseado por los festivales de Berlín, Buenos Aires, Viena o Boston.

El director, originario de Baltimore, ha situado la historia en su ciudad natal y decidido rodarla con una mayoría de actores aficionados, alejados de la profesión, escribir un argumento mínimo y completar una parte del guión por medio de un importante trabajo de improvisación con su equipo. El film, construido a partir de entrevistas y mezclando la historia con una parte documental, desprende una potente energía y el espectador se pregunta si se realmente está viendo una ficción.

En uno de los barrios residenciales de la periferia hace tiempo venido a menos, si es que alguna vez estuvo en el más, un adolescente ha muerto de una sobredosis de heroína. Su familia y amigos se reúnen para preparar el entierro, desgranado recuerdos y saboreando los momentos que vivieron juntos.

Poco a poco se asienta una intensa sensación de vacío, de derroche frente a una juventud que ha perdido su ilusión y sus esperanzas en el futuro. Alejados de las promesas de bienestar que ni la sociedad ni su familia pueden cumplir, estos adolescentes se ven condenados a buscar sustitutos para escapar de su rutina y evadirse de un aburrimiento sin fin. Por desgracia, en alguna ocasión estas escapatorias resultarán mortales.

Sólo los más fuertes podrán salir de esta espiral, a fuerza de abandonar sus familias o sus amigos. Y en sus miradas, así como en muchas de sus preguntas, se plantea la cuestión de que sirve vivir en comunidad sino es para proteger al conjunto de sus integrantes, y en especial, a los más débiles. Un film ambicioso e intenso que emociona y aviva los sentidos. Comprometido con la realidad y sincero con el espectador que nos recuerda que no todos los americanos viven en Wisteria Lane.

Restless, EE.UU. 2011

Gus Van Sant vuelve a su tema predilecto, la adolescencia como momento en que se prefigura el enfoque frente a la vida en el incierto paso a la madurez. Lo que más sorprendente en el último trabajo del director es que abandona el malestar de unos jóvenes perdidos ante la vida (Paranoid Park o Elephant), para adentrarse en la posición ante la muerte de una juventud errante que da sentido a su vida, a través de una alambicada historia, la relación entre un adolescente que ha perdido a sus padres en un accidente de tráfico y una joven, enferma de cáncer, en fase terminal.

El argumento no puede resultar más melodramático. Sin embargo, el director consigue momentos de verdadera gracia, envueltos en colores otoñales, a base de diálogos inteligentes y de sus dos excelentes protagonistas. Mia Wasikowska, la Alicia de Tim Burton, aporta a su personaje un inmenso amor de la existencia y de la naturaleza, una alegría desbordante frente a la adversidad y la delicada nostalgia de los que saben que su futuro se reduce al presente.

Ver al otro protagonista en el cine es regresar al pasado. Desde la primera imagen parece que un resucitado Dennis Hopper se ha reencarnado en el actor. No es de extrañar puesto que Henry Hopper es su hijo, en su primera aparición en la gran pantalla y, sin lugar a dudas, no la última, por su presencia en escena y el lado gamberro que parece adivinarse tras su cara de ángel. En pocas ocasiones se tiene la sensación de presenciar el nacimiento de una estrella, sólo por este motivo merece la pena ver la película.

El film dividirá a los espectadores y a la crítica. Algunos la encontrarán relamida, sosa, aburrida, exagerada o previsible y la personalidad extravagante de esta pareja, vestida con ropa retro de las décadas de los 20 y los 30, poco creíbles o, literalmente, insoportable.

Gus Van Sant nunca decepciona. Todas sus películas aportan algo y, en muchas de ellas, es difícil no cae en su magia inmediatamente. No sé cómo encuadrar Restless en su filmografía, no parece de él y, al mismo tiempo, su firma está grabada en cada fotograma. Sus defectos me agradan y sus virtudes, muchas, hacen que la historia se me haga corta, que quiera saber más de estos personajes y que, tras una complicada trama, se esconda una sutil aventura humana que me emociona. ¿Cómo se calcula la felicidad en la vida de una persona? ¿En duración o en intensidad?

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