Benda Bilili, Congo 2010

El cine invisible se alimenta de todas las propuestas arriesgadas, de películas independientes, de argumentos que cuestionan la verdadera actualidad o que tratan temas intocables y de creaciones destinadas a una minoría, con una inexistente o complicada distribución. Sin embargo, pese a todas las dificultades para acceder a este cine invisible, el interés crece día a día frente a una alternativa cinematográfica formateada, repetida y, en muchas ocasiones, destinada al inmediato consumo y al más rápido olvido una vez que nos levantamos de la butaca. 

Y, sin lugar a dudas, si hay una película que debe incluirse en esta categoría ésta es  Benda Bilili. Un conjunto de vagabundos africanos, en su mayoría minusválidos, que duermen en la calle o donde pueden, pero que alimentan la esperanza de formar algún día un grupo de música. Este documental es un sueño realizado que ha tardado cinco años en cumplirse.

En 2004 el director de una agencia de publicidad, Renaud Barret, y su amigo un fotógrafo reportero, Florent de La Tullaye, encuentran en las calles de Kinshasa a estos músicos alucinantes ensayando en plena calle. A partir de ese momento deciden intentar grabar un disco y realizar este documental. Pero la tarea no es fácil en un país que ha sufrido dos guerras, tras el caos político, social y económico de la dictadura  de Mobutu que causó casi 4 millones de muertos, según datos de la ONU.

El primer intento les lleva a un estrépito fracaso. Las condiciones son las mismas de siempre pero difícilmente compatibles con la grabación del disco: dificultades para reunirse y, colmo de males, el centro social donde duerme parte de la banda se destruye por un incendio, encontrándose todos, otra vez, en la calle. El gérmen de la banda se separa y el proyecto se anula. Pasa un año y los soñadores de este proyecto han conseguido interesar a una casa discográfica. El disco se grabará en un estudio y también en el zoo de la ciudad, único lugar disponible.

La esperanza que transmite el grupo, la seguridad en el futuro, la fuerza que muestran para conseguir su sueño es impresionante. Ricky, el jefe de la banda, con sus 55 años (la esperanza de vida del país no llega a los 50) despliega una energía vital que ya la querríamos muchos, Junana al que la poliomielitis no le impide realizar coreografías dignas de los mejores bailarines o el adolescente Roger que ha creado su propio instrumento musical con una lata vacía, un palo y una cuerda.

Y el milagro se produce, el disco se vende y el grupo realiza una gira por Europa, desde París a Oslo. Los integrantes de Benda Bilili salen por primera vez de su barrio para ir a otro continente y su visión es delirante y divertidísima. El documental no adapta un tono dramático en ningún momento. Los diálogos captados en directo son alucinantes (la definición de Europa, la confusión de los detectores de incendio de los hoteles, hasta la sensación de frio para los africanos). En resumen, una profunda y admirable lección de humanidad, gracias al cine invisible.  

Yves Saint Laurent Pierre Bergé L’amour fou, Francia 2010

Pierre Bergé e Yves Saint Laurent compartieron su vida durante más de cincuenta años. Durante todo este tiempo ambos crearon una colección de obras de arte, compuesta de esculturas, pinturas, muebles y demás objetos, de un valor incalculable. Tras la muerte del gran creador Pierre Bergé decidió separarse de la colección y realizar una gran subasta pública. Y a través de esta venta, el documental, Yves Saint Laurent L’amour fou, presenta un retrato de la vida y de la obra de uno de los más interesantes creadores del siglo XX. Esta perspectiva resulta apasionante y nos muestra un genio sumida en una permanente depresión nerviosa que sólo le abandona en los momentos de la presentación de sus colecciones, que hoy ya forman parte de la historia del diseño mundial. 

 El género del documental ha encontrado su lugar entre el cine invisible y cada vez más se programan este tipo de películas. Las imágenes, algunas prácticamente nunca vistas, y la narración del protagonista nos sumergen en la época dorada del glamour y las grandes fiestas, sin olvidar la cara oculta del escenario con los problemas de salud, las adicciones y el sufrimiento. 

Impresiona ver, en las primeras imágenes del documental de Pierre Thoretton, cómo los empleados de Christie’s van vaciando la casa de la pareja y descolgando los cuadros, retirando porcelanas y alfombras orientales. Una época acaba y una nueva se presenta sin que sepamos qué traerá consigo. La mirada melancólica de Pierre Bergé sobre los objetos no consigue ocultar la seguridad y la frialdad de un hombre que ha sabido organizar y dirigir con mano de acero toda su existencia. 

La vida de Yves Saint Laurent  desfila en la pantalla, desde su estancia en Christian Dior a finales de los cincuenta, a sus primeros pasos como creador independiente en un barrio parisino (el 16) alejado de las grandes firmas de moda de toda la vida. Sus primeros éxitos, su casa de Marruecos, los primeros objetos que inician la colección y la sensación de que para el creador todo es posible. Su visión del diseño es radicalmente opuesto a lo habitual y dos años antes del agitado mayo del 68, Yves Saint Laurent decide democratizar la moda lanzando su primera colección prêt-à-porter.

 

No todo lo que reluce es oro y la década de los setenta y sus excesos se convierte en el infierno de las drogas y del alejamiento de los amigos, la enfermedad y el dolor. El brillo de sus ojos desaparece, su mirada se vuelve oscura y al mismo tiempo su timidez se agudiza y se incrementa hasta el mismo día de su muerte.

 

Las imágenes son sublimes, el desfile de famosos en sus presentaciones mucho más que una anécdota y su éxito mundial no ocultan, como dice Pierre Bergé al final del documental, que la gloria es el luto exultante de la felicidad.