La Extraña (Die Fremde), Alemania 2010

Tres personas caminan en pleno día por una calle que podría pertenecer a cualquier país europeo, la chica lleva de la mano a un niño y, algunos metros detrás, un joven la sigue. El chico se para y la mujer, como se hubiese percibido su presencia, se da la vuelta y ve que le está apuntando con una pistola. El siguiente plano nos muestra al joven corriendo, todo sudado, para coger un autobús, se sienta, mira por la ventana y algo en el exterior acapara su atención, sin que el espectador sepa de qué se trata. Fundido a negro y en la oscuridad de la sala se escucha la voz del niño que con dulzura pronuncia una única palabra: mamá.

Uno de los comienzos más inquietantes del cine invisible para este film que ha arrasado en todos los festivales del mundo por su fuerza estética, la interpretación magistral de la actriz, que ya nos cautivó en Contra la pared (2004), Sibel Kekilli, y una historia conmovedora. Sobre todo porque sin tratarse de una transposición exacta de un suceso concreto, dramatiza una serie de hechos reales que siguen apareciendo, con demasiada frecuencia por desgracia, en nuestros periódicos.

Umay, una joven turca, decide abandonar a su marido para escapar de la violencia que sufren ella y su hijo, en un apartamento que ha dejado de ser su hogar hace mucho tiempo. Sin decírselo a nadie, sale de Estambul y se dirige a Alemania, país en el que viven sus padres, con la esperanza de rehacer su vida y conquistar su perdida independencia. Pero lo que Umay no esperaba es que para su familia, abandonar a su marido, constituye un deshonor y una imborrable deshonra para todos sus miembros.

Feo Aladag, actriz antes que directora, ha cuidado en especial la dirección de los actores y la profundidad de los personajes. Narrada con brío, la protagonista debe enfrentarse a una nueva situación que le afecta aún más que la violencia conyugal que había soportado hasta el momento por su hijo, el rechazo de su familia y la exclusión de su comunidad.

Sin discurso aleccionador, las imágenes del primer film de Feo Aladag se limitan a presentar una situación, sin juzgar a ninguno de los integrantes de esta comunidad, y concluye con una escena final que da sentido al enigmático debut de este conmovedor, realista e inspirado film, donde los inocentes acaban pagando por los culpables y los culpables encuentran su justificación en falsas convicciones. Una película imprescindible para una historia que no debería volver a suceder.

Pina, Alemania 2011

Los encuentros más interesantes se producen en los lugares más insospechados. En 1985 Wim Wenders se encontraba en Venecia, al mismo tiempo que la gira de la Tanztheater Wuppertal de Pina Bausch, con la obra Café Müller. Impresionado tras ver la obra, decidió que tenía que conocer a la autora de la representación, y desde ese mismo instante nació una larga amistad y, probablemente, el proyecto inconsciente de realizar una película sobre aquellos impresionantes trabajos coreográficos. En enero de 2009 se concretizó este antiguo deseo y comenzaron los preparativos de la primera película de autor rodada en 3D. Dos días antes del inicio del primer ensayo del rodaje, el 30 de junio de 2009, Pina Bausch falleció.

Pese a las dramáticas circunstancias Wim Wenders decidió continuar con su proyecto, transformándolo en un homenaje a una de las artistas más innovadoras de las últimas décadas. El resultado es un apasionante documental de la compañía, unas imágenes impresionantes de sus mejores espectáculos en teatro, La consagración de la primavera, Vollmond o Kontakthof, las improvisaciones rodadas al aire libre y un retrato intimista de Pina, su trabajo, su pasión, sus relaciones con los actores-bailarines y su fuerza visual y dramática.

Nada explica mejor la angustia del ser humano que las obras de Pina Bausch, salvo quizás el Tratado de la desesperación (1848) de Sören Kierkegaard. Esa imposibilidad de encontrar una respuesta adecuada a las preguntas fundamentales de nuestra existencia. Esa definición de la angustia que Pina tan bien conocía, un estado fundamental y estresante del individuo condenado a elegir continuamente y que desconoce qué debe escoger. Por eso su último recurso era la acción y su excepcional divisa: danzad, danzad si no estamos perdidos.

Años después de su estreno, Pina Bausch decide retomar el mítico y fundador Café Müller, encontrándose con un gravísimo problema. No hallaba ni el sentido ni el ritmo ni la manera de abordar su interpretación. Tras innumerables ensayos e intentos se acordó, de repente, que siempre había actuado en esta pieza bailando con los ojos cerrados. Volvió a ensayar la obra de esta manera y todo encontró el sentido, la fluidez de los movimientos y la belleza con la que había sido creada la obra.

Por eso, desde que en junio de 2009 Pina decidió cerrar los ojos para siempre, prefiero pensar que lo hizo para poder bailar durante toda la eternidad.

Das Sandmännchen – Abenteuer im Traumland (El hombre de la arena – Aventura en el país de los sueños), Alemania 2010

A los escépticos sobre el futuro del cine les aconsejo que asistan a una película dirigida al público infantil. Sala llena a rebosar, excitación en el ambiente, cojines de todos los colores para que los niños no se limiten a ver el respaldo de los asientos de la fila anterior, muchas mamás, pocos papás y el que escribe intentando pasar desapercibido, sentado al fondo de la sala, e interrogado por la mirada de padres y niños que se preguntan dónde estará el niño que se supone que acompaño. Opto por abrir un libro, que es mi único acompañante, y en ese mismo momento me doy cuenta que resulta aún más sospechoso. Por suerte las luces se apagan a la velocidad inversa de la emoción de los espectadores y la magia , como hace más de cien años, vuelve a operar.

El hombre de arena es la adaptación alemana de la figura universal del hombre que vela sobre el sueño de los niños. Es como nuestro Casimiro nacional. Según parece el primer autor de esta leyenda universal, bajo sus múltiples formas, que la puso por escrito fue el genial danés Hans Christian Andersen en un cuento de 1841 titulado Ole Cierraojos. Un personaje que salpica de dulce de leche los ojos de los niños, en ínfimas dosis, para que no puedan mantenerlos abiertos y les sopla suavemente en la nuca, para que les pese la cabeza, y se duerman.

Sinem Sakaoğlu, en su primera película, nos cuenta la historia de este popular personaje interpretado por marionetas. Estamos en el mundo de los sueños, un lugar tan apetecible como una semanita en el Caribe en pleno invierno, en pleno proceso productivo. Un contador oficial de ovejas se encarga de verificar si el método ancestral para dormir funciona correctamente. Entre las participantes hay una oveja muy especial, la número 7, aunque ella prefiera llamarse 007, que protagoniza una escena majestuosa y divertidísima que todavía hoy, al recordarla, me hace partirme de risa.

Pero ni siquiera el mundo de los sueños es un espacio tranquilo, y el malvado Sr. Pesadilla invade este territorio para robar la arena que sirve para dormir a los niños (no sé porque esta historia me recordó ciertos países y el petroleo). Comprendo el escalofrío que esta situación acaba de producir en los jóvenes papás (es más, sentí entre los padres presentes en la proyección la inquietud de un tal conflicto en la vida real) pero ya se sabe que la vida es muy dura…

Para solucionar este trágico incidente diplomático el hombre de arena tendrá que buscar a un valiente capitán que consiga recuperar la preciosa arena y devolver el sueño a los niños, para la tranquilidad de los padres (esta última historia podría convertirse en una segunda parte perfecta).

En la versión de H. C. Andersen cuando los niños por fin duermen, Ole Cierraojos se sienta en la cama y abre sobre los niños buenos uno de sus paraguas, con estampas, “y entonces sueñan toda la noche las más encantadoras historias, y otro paraguas en el que no hay nada, lo abre sobre los niños malos, que duermen tan profundamente que por la mañana, cuando se despiertan, no han soñado nada”. Yo hace tiempo que no me acuerdo de ningún sueño, así que me pregunto si Ole Cierraojos estará de vacaciones en el Caribe o, vistas como están las cosas en la actualidad, lo han despedido al pobre hombre después de 170 años de leales servicios.

Shahada (Faith), Alemania 2010

Una película más que se interroga sobre los problemas actuales de la religión. En este caso, la misma duda se presenta a los tres protagonistas, que se interrogan sobre la compatibilidad de ser buenos musulmanes y vivir, al mismo tiempo, con los valores de la sociedad occidental de la Alemania actual. Un primer film lleno de hallazgos, recompensado en varios festivales y con la fuerza de un guión elaborado tras una intensa investigación y, sobre todo, escrito desde la propia experiencia. El realizador Burhan Qurbani,  nacido en Europa, es hijo de una familia de refugiados afganos que huyeron de su país tras la invasión soviética.

Tres destinos que se cruzan a lo largo de esta historia dividida en cinco capítulos. Una shahada, la profesión de fe musulmana por la que se afirma que no hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta, que se inicia en la búsqueda y atraviesa el sacrificio hasta llegar a la última y definitiva elección. Una película que plantea las cuestiones correctas y no deja indiferente a ningún espectador.

Tras unos magníficos títulos de crédito que fluyen por encima de unos colores, que van invadiendo la pantalla, comienza la historia de Ismael, Carlo Ljubek. Este oficial de policía en un rutinario control de identidad encuentra a una antigua conocida, una inmigrante ilegal a la que deja en libertad, pero el pasado quiere cobrar una antigua deuda impagada. Ismael tendrá que enfrentarse a sus propios demonios aunque suponga poner en peligro la estabilidad de su familia.

Sammi, Jeremias Acheampong, es el protagonista siguiente de este comprometida película. Atraído desde el primer momento por un compañero de trabajo, Daniel, el personaje se debate entre un deseo compartido y la prohibición estricta de su religión frente a la homosexualidad. La tensión sexual de los dos actores, rodada a flor de piel, y la lucha interior de Sammi, le pondrá en la difícil situación de tener que optar por seguir integrado en su comunidad o verse expulsado para siempre de ella.

Pero el retrato más interesante es Maryam, genialmente interpretada por Maryam Zaree, la hija de costumbres europeas de un imán de barrio moderado y comprensivo (un excelente Vedat Erincin), que cambiará radicalmente de vida y costumbres, tras un aborto provocado para liberarse de un embarazo no deseado. El remordimiento se apodera de ella y adivina una salida posible a su angustia, en el abrazo de la religión. Sus amigos y su padre no pueden comprender su fundamentalismo creciente y su intolerancia hacia los demás.

Los tres protagonistas tendrán que optar o intentar compaginar su religión y su vida. Un primer film, en realidad el proyecto de fin de carrera, intenso que pretende acabar con las falsas ideas sobre el Islam y que, por su fuerza y sinceridad, ha sido tachado de antimusulmán. Un cine invisible que convierte en visible las contradicciones, lanza cuestiones y provoca debates, instrumentos necesarios para todo entendimiento futuro.

Das Fremde in mir (The Stranger in Me), Alemania 2008

El cine alemán sigue sorprendiendo con propuestas inteligentes, temas tabú o apenas abordados y una estética elaborada. El segundo film de la directora de origen franco-iraní, Emily Atef, es un buen ejemplo de una historia, que te atrapa desde la primera imagen y que no te deja tranquilo en la butaca ni un solo instante, arropada por un conjunto de actores excelentes y con un luz inspirada en las obras de los pintores Edward Hopper y Caspar David Friedrich.

Una joven corre asustada por un bosque. Parece que huye de algo o de alguien, las ramas le lastiman los brazos y el rostro en una desenfrenada carrera que parece no tener fin, se tropieza contra las raíces de un tronco y acaba por caerse al suelo. Comienza a respirar profundamente y parece que, por primera vez, comienza a escuchar los sonidos del bosque, cierra los ojos, se calma y acurrucada contra un árbol, sólido y protector, encuentra una paz olvidada hace tiempo. Estos son dos primeros minutos de la película.

La directora ha dividido el guión en tres partes. En la primera, Rebecca, interpretada por Susanne Wolff en un memorable primer rol, y Julian, una joven pareja, esperan con ansía y satisfacción la llegada de un bebé. Rebecca, resplandeciente, transmite alegría por cada poro de su piel. Llega el momento de dar a luz y se presenta lo impensable. Aunque el parto se ha desarrollado sin ninguna dificultad y el bebé nace con una salud perfecta, existe un problema. Un grave problema.

Frente a su reluciente bebé, Rebecca no siente el amor maternal que todos, y ella la primera, esperaban que tuviese. Pero su obligación de madre pesa más que sus sentimientos y se esfuerza en atender lo mejor posible a su hijo. Encerrada en su casa, pendiente de él 24 horas, no logra desprenderse de la horrible sensación de que el bebé es un extraño para ella y, mucho menos, compartir su angustia con su marido. Llega un momento que el rechazo es mayor que sus fuerzas y acaba hospitalizada en un clínica por depresión post parto.

En la última parte de esta sorprendente película, Rebecca comienza a recuperarse, poco a poco. Pero la genial idea de la realizadora es cambiar de ángulo en este momento y dirigir la mirada hacia Julian: la posición del padre ante algo inimaginable y su impotencia al no poder hacer nada para solucionarlo. ¿Lo conseguirán? Lo que sí es seguro es que Emily Atef con Das Fremde in mir (The Stranger in Me) ha realizado un film cautivador.