Once Upon a Time in Anatolia (Bir Zamanlar Anadolu), Turquía 2011

La cámara se va acercando al cristal de una especie de garaje, a través de él vemos a un grupo de hombres que ríen, charlan  y beben en un ambiente amistoso, un trío de camaradas compartiendo un buen momento. Pero la cámara parece descubrir más de lo que aparentemente observa el espectador y se retira con rapidez de la ventana.

En la siguiente escena, en plena madrugada para que nos vayamos acostumbrando (de hecho la mitad de la película transcurre de noche), unos coches atraviesan la sublime estepa de la Anatolia turca. Los hombres ya no son tres y descubrimos que tampoco eran amigos. Uno de ellos ha sido asesinado y los otros dos, esposados y acompañados de la policía, unos militares, el juez y un médico forense, van a intentar localizarla el lugar donde enterraron el cuerpo.

Nuri Bilge Ceylan es uno de los mejores y más fascinantes directores de cine de la última década. En seis películas (El pueblo, 1997; Nubes de mayo, 1999; Lejano, 2002; Los climas, 2006; Tres monos, 2008) ha desvelado un universo particular, una narrativa que analiza pertinentemente la naturaleza humana hasta en sus más recónditos ángulos, una fuerza visual llena de sorpresas para el espectador y un humor ligero e irónico que aparece en los momentos más inesperados de su filmografía. Invitado habitual de los grandes festivales internacionales colecciona galardones con cada película, por ejemplo con su último film, el Gran Premio de la Crítica de Cannes, que no está nada mal.

Esta particular Érase una vez en Anatolia es la más hipnótica, elegante y divertida de todas sus películas. Inspirado por los personajes de Chejov, casi seguro por ciertas de sus experiencias (su profesión inicial es la medicina como la de su personaje principal) y por las pinturas de Rembrandt y Vermeer (¿quién ha retratado mejor la oscuridad que los maestros holandeses?) el film es un absoluto momento de gozo cinéfilo.

Los espectadores no queremos que se acabe esta noche de búsqueda en la que los personajes se van descubriendo a sí mismos y a los demás, se discute para llenar el tiempo de la espera, se cuentan chistes para aliviar la tensión y se descubre un retrato alucinante de la Turquía actual, a través de dos protagonistas excepcionales, el conocido actor y director que interpreta al comisario de policía, Yılmaz Erdoğan, y el genial Muhammet Uzuner.

El día que fui a verla la sala estaba a rebosar y sólo quedaban una docena de asientos en la primera fila. Un detalle puede revelar mejor que cualquier adjetivo al uso lo que me gustó la película. Lo único que lamente, con cierto dolor en el cuello todo hay que decirlo, es que el director hubiese cortado parte de metraje, reduciéndolo a 2 horas y 27 minutos en lugar de las 3 horas y media que había previsto en un principio. Suficientemente ilustrativo, ¿no?

This is Not a Film (In Film Nist), Irán 2011

Existen películas que cuentan historias verdaderas y también hay historias reales que son de película. La de hoy es una de ellas. Sin duda del género de terror. Prepárate pues, a pasar miedo. Mucho miedo. Érase una vez un pequeño país que condenaba a sus directores a 6 años de prisión y 20 de prohibición de rodar películas o conceder entrevistas. Podían haber sido 30 o 40 años, pero las autoridades del país decidieron que serían 20. Quizás inspirados por el tango y convencidos de que Carlos Gardel tenía toda la razón cuando cantaba que “20 años no es nada…”. Con sus actrices eran mucho más tolerantes, 80 latigazos y algún añito que otro a la sombra no les vendrían mal. Podrían haber sido más, pero si 80 días son suficientes para dar la vuelta al mundo, esta cantidad de golpes también servirá para cambiarles las ideas a estas desvergonzadas que, en vez de estar en su casa, se dedican a hacer películas. ¿Dónde vamos a parar? Parece que no tienen suficiente con estar cubiertas todo el día con el velo, pensaban las autoridades de este país que el mundo occidental “civilizado” apoyó durante años por puro interés económico, haciendo la vista gorda a sus reiteradas colisiones contra los derechos humanos más elementales.

Las autoridades del país muestran un exquisito gusto (como se puede apreciar son amantes del tango y de la literatura de anticipación de Julio Verne) y, al mismo tiempo, un perfil psicológico que podría calificarse de trastorno bipolar o colmo de la hipocresía, al seleccionar una de sus películas, Nader y Simin, una separación, (sin duda de lo mejor de la cosecha anual a nivel internacional y apostaría a que se lleva el galardón) como candidata de su país al Oscar a la mejor película extranjera. Resumen, dado que es para perderse: prohibición de rodar a los directores, latigazos a sus actrices y selección de película al Oscar.

Uno de estos directores se llamaba Jafar Panahi (me tiembla la mano al darme cuenta de que escribo en pasado), ha apelado su sentencia y se pasa el día encerrado en casa en espera de la resolución del recurso. Su abogada (el cine iraní es como una red de araña y entre sus películas se establecen interesantes conexiones, léase Au revoir) le da pocas esperanzas de un veredicto justo, literalmente le comenta que es una decisión política más que jurídica y depende de la situación nacional más que internacional (el cineasta ha recibido un apoyo generalizado a todos los niveles, presidente del jurado de Cannes, su silla estuvo vacía durante todo el certamen dado que se le negó el visado para abandonar el país).

Y de repente a Jafar se le ocurre una idea: le han prohibido rodar pero nada le impide actuar o contar el argumento. Llama a un colega, le comenta su proyecto y su amigo se presenta, media hora más tarde, en su casa con una cámara y preparado para esta no-película (hace unas semanas este director de documentales, Mojtaba Mirtahmasb también ha sido encarcelado).

Jafar desvela los dos últimos guiones que el comité de censura le ha denegado rodar y sobre la alfombra de su salón delimita, con la ayuda de una cinta aislante (genial, el doble sentido) la habitación, el pasillo y las escaleras de la casa de la protagonista de su no-film: una joven a la que sus padres encierran en casa para que no pueda inscribirse en la facultad de Bellas Artes.

Durante la grabación se escuchan ruidos y continuas sirenas que provienen del exterior (sobre importancia de los efectos sonoros y el sonido ambiental en la cinematografía iraní, léase The Hunter) que luego descubriremos de donde provienen y su causa. Como la hija del director no está en casa tiene que ocuparse también de dar de comer a la mascota familiar: una iguana (uno de los animales con más años de antigüedad sobre la tierra, de nuevo la ironía se hace presente al pensar en Darwin, “no son los mejores los que sobreviven sino los que mejor se adaptan a su entorno”). Un animal que también parece actuar: molestándole como si quisiese impedirle rodar esta no-producción o escondiéndose tras los libros de una biblioteca.

Podría pasar horas comentando las sensaciones que transmiten estas imágenes. Hipnóticas, sobrepasando el límite de la sinceridad para adentrarse en una especie de confesión, sugestivas y tiernas porque la dureza de la realidad las hace sinceras. Ahora entiendo porque escribo en pasado. Negar a un cineasta su derecho a filmar es destruir su esencia, derrumbar su dignidad y aniquilar su instinto. Jafar Panahi no existe sin una cámara en la mano. Por eso cuando su amigo se tiene que ir le deja encendida la cámara. Sabiendo que le han prohibido rodar, cuando se acerca para cogerla, se me encogió el corazón y pensé: no, no la toques.

Imposible para Jafar tener una cámara al alcance de la mano y no hacer nada con ella. Un momento mágico de cine. Y las lágrimas en los ojos cuando en los títulos de crédito dedica esta no-película a todos los directores iraníes y da las gracias a … puntos suspensivos (el director sabe que incluir cualquier nombre implicaría una condena).

La leyenda cuenta que este no-film llegó al pasado festival de Cannes en una llave USB escondida en una tarta. Otra ironía más del destino: no podría ser de otra forma porque se trata de un verdadero regalo. Cuando acabó me imaginé un mundo sin imágenes y me resultó imposible. Me levanté, mirando la pantalla pensé en la obra de Buero Vallejo, En la ardiente oscuridad y, a kilómetros de distancia, le dije al director: tienes razón Jahar, no pares, grábalo todo. No nos dejes en la oscuridad.

The Artist, Francia 2011

Frente a la necesidad de buscar a cualquier precio la novedad cinematográfica que incite al público a ir corriendo al cine, las últimas soluciones encontradas han sido las técnicas, el 3D, las narrativas, si es posible teñidas de una nota de escándalo, o la creación de campañas de promoción originales, utilizando las redes sociales como vía de contagio. Evidentemente cuando Michel Hazanavicius mostró por primera vez su proyecto, una película muda y en blanco y negro, los productores creyeron que se trataba de una broma y su realización aplazada sin posible remisión.

La sinceridad del proyecto, la credibilidad de sus protagonistas, un toque de locura y, sobre todo, la perseverancia de su director han logrado una de las películas más sorprendentes y bellas de este año. El film aún no se ha estrenado en su país, el próximo 12 de octubre, y ya ha cosechado sus primeros frutos: premio de interpretación masculina en Cannes a Jean Dujardin, premio TCM del público en San Sebastián y próxima exhibición en Sitges.

Un film que es un verdadero homenaje al cine y a su etapa muda (expresión carente de exactitud puesto que hasta 1927 había una orquesta, en muchas ocasiones alguien se encargaba de contar la película, los espectadores hablaban entre ellos, o sea, el periodo menos mudo de la historia del cine).

El protagonista, una estrella del primer cine, que recuerda a Douglas Fairbanks y, sobre todo, al personaje de Max Linder (que Charles Chaplin reconoció como su maestro), ve su fama esfumarse ante la llegada del nuevo cine, al que no sabe ni quiere adaptarse. Por suerte se cruza en su camino una actriz y ferviente admiradora, Bérénice Bejo, que estará ahí para impide su total destrucción. Una historia tan clásica como el séptimo arte pero que acaba por comulgar con el espectador a base de un ritmo perfecto, una partitura magistral, invitados de lujo como John Goodman o James Cromwell, una luz impresionante, Mark Bridges encargado de un suntuoso  vestuario (colaborador habitual de Paul Thomas Anderson), continuos guiños al espectador y un número final de claqué que quita el hipo.

Una sorpresa que tiene todas las posibilidades de sobrepasar las fronteras de su país de origen. El film ha sido comprado para su distribución en medio mundo por la Weinstein Company (TWC), apellido ilustre del cine de los años 90 con Miramax, y dado que es mudo y sus intertítulos en inglés, no sería de extrañar que se colase entre las categorías principales de los Oscars 2012. Como recordatorio la TWC fueron los distribuidores de El discurso del rey. Así pues, la aventura de The artist continuará… en los próximos meses.

Au revoir (Bé Omid é Didar), Irán 2011

Ciertas películas tienen la peligrosa capacidad de mezclarse con la realidad y adentrarse en la vida de quienes han participado en ella de una manera u otra, incluido el espectador. He aquí el relato de este film y de su proceso (por desgracia, nunca mejor definido).

Antecedentes   

Mohammad Rasoulof es un hombre que ama el cine por encima de todo y, por consiguiente, asume el riesgo que conlleva. En cualquier país se expondría a las malas críticas, el rechazo del público, o ambas situaciones. Sin embargo, en el director concurre una circunstancia (de la que no es responsable) que le diferencia de los demás: la nacionalidad iraní. Y por esta diferencia se enfrenta a una condena de 6 años de prisión y 20 de prohibición de rodar cualquier imagen, al igual que Jafar Panahi. Otros 6 realizadores,  Mojtaba Mir Tahmaseb, Katayoon Shahabi, Hadi Afarideh, Naser Safarian, Shahnam Bazdar y Mohsen Shahrnazdar, también han sido arrestados el 17 de septiembre por cargos de espionaje y colaboracionismo con la BBC, cadena prohibida en Irán.

Fundamentos de hecho

Mohammad Rasoulof, en esta impresionante película, cuenta la historia de una joven abogada que no puede ejercer su profesión, dado que también se lo han prohibido, y que tampoco puede vivir con su marido, escritor de un blog político, que frente al continuo acoso de las autoridades vive en la clandestinidad.

La actriz principal, alucinante Leyla Zareh, que habita cada plano del film, transmite la angustia de la asfixia que provoca la falta de libertad, como raramente se ha visto en el cine, y decide que, ya que se siente extranjera en su país, lo mejor será irse y abandonar Irán. Pero la tarea es más complicada que lo había previsto y su vía crucis se convierte en una tarea de titanes (red ilegal de tráfico de pasaportes, agencia de viajes encargada de sacarla del país). La luz de la película va disminuyendo a medida que avanza la trama y ciertas escenas (como quitarse el esmalte de las uñas en el autobús porque tiene que entrar en el palacio de justicia) se quedan grabadas para siempre en la retina del espectador.

El conjunto es tan excepcional que ha recibido en Cannes 2011 el premio a la mejor dirección de Un certain regard.

Fundamentos de derecho

El director se ha basado en los hechos conocidos y frecuentes  que ha sufrido él (no pudo dejar el país para recoger el premio) y sus allegados. No se trata de una película de ciencia-ficción es, sencillamente, la realidad de Irán reflejada en una película, como lo son las imágenes de sus ríos o de sus calles. La diferencia es que el régimen la considera como una actividad ilegal que va en contra de los fundamentos de la república islámica. Y el espectador será tambien el juez y tendrá que decidir qué es realmente ilegal: las imágenes o la política del país que crea esta realidad.

Sentencia

Me declaro presunto culpable por intentar defender la libertad fuera o dentro de la sala del cine, de apreciar la creatividad de los cineastas que conectan con la vida real, de querer tener la posibilidad de elegir en la cartelera del cine lo que deseo ver -Ángel Sala también está acusado en España por proyectar una película en el Festival de Sitges (estas situaciones tan irreales no sólo suceden en Irán)- y de considerar que, ante estas circunstancias y más que nunca, el cine sigue siendo imprescindible.

Habemus Papam, Italia 2011

Nanni Moretti presentó esta película en la selección oficial de Cannes. Los que esperaban una comedia satírica sobre la religión católica se vieron inmediatamente decepcionados por esta obra sutil que plantea, en realidad, una lúcida reflexión sobre el poder y su ejercicio.

El cónclave de cardenales se dispone a elegir al nuevo Papa. Tras varias votaciones, la elección recae en Melville. En el momento en que el nuevo sucesor del apóstol Pedro debe bendecir a la multitud, que ha esperado impacientemente la fumata blanca en la gran explanada del Vaticino, el Papa novato sufre una crisis de angustia y se niega a salir al balcón.

El director ha elegido sabiamente el apellido del Papa, como el célebre escritor Herman Melville, autor de Moby Dick (1851), que creo uno de los personajes más interesantes de la historia de la literatura en Bartleby, el escribiente (1853), y su filosófica actitud ante la vida resumida en la fantástica frase, “Preferiría no hacerlo (I would prefer not to)”.

Entre comedia (sublimes las escenas de la guardia suiza o del surrealista campeonato de deporte) y drama, Nanni Moretti logra un retrato lleno de respeto hacia los infantiles cardenales y de cínica ironía respecto del protocolo papal. Una primera parte se desarrolla en el recinto del Vaticano. En 1271 la elección del Papa dura tres años, lo que provoca la ira y la incomprensión del mundo cristiano. Para evitar que la situación se reproduzca, el Papa elegido, Gregorio X, decide que los cardenales durante la elección estarán aislados del exterior y si no lo escogen en cinco días, a partir de ese momento se establecerá un régimen alimenticio basado en pan y agua. Una segunda parte, menos claustrofóbica, acompaña al protagonista, magnífico Michel Piccoli, en sus aventuras por la Roma actual.

Film político que reflexiona sobre el poder y las capacidades de cada uno para poder ejercitarlo. Viniendo de un país como Italia y conociendo la opinión del director sobre la política de esta país, la película se convierte en una sabrosa metáfora del poder, del querer y de la posibilidad de que alguien se no se considere adecuado para ejercer un cargo público. No sólo en Italia sino en muchos países, pensándolo bien, Habemus Papam se trata, en realidad, de una película de ciencia-ficción.

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