Les Adieux à la reine, Francia 2011

Entrar en la sala de un cine siempre es una aventura pero, en algunas raras ocasiones, se transforma en una experiencia que te traslada mucho más allá de la película. Preestreno de esta coproducción franco-española seleccionada en la edición 2012 del festival de Berlín. Sala llena, el director y la actriz, Noémie Lvovsky, como siempre fantástica, impacientes por ver la reacción del público y, yo, preparado para ver otra película francesa más sobre su revolución (casi un género en sí mismo que podría ser el equivalente a nuestra guerra civil por el incesante número de películas dedicadas a este tema).

Benoît Jacquot, director apasionante y apasionado, ama tanto la literatura como el cine y cuando decidió que sería cineasta no olvidó su pasión por los libros. Casi la mitad de su veintena de películas están basadas en ellos y esta película constituye su décima adaptación literaria, en esta ocasión en la novela homónima de Chantal Thomas.

Comienza el film y las imágenes no defraudan, la posibilidad de rodar en Versalles añade un encanto especial, pero lo que se muestra está más cercano a la realidad que a la postal de costumbre. Un palacio de ensueño que representa el brillo de la monarquía y el poder soberano, en apariencia, y tras esa fachada, las paredes de los pasillos y habitaciones de nobles y sirvientes llenos de moho, suciedad, pintura que se cae a pedazos y cadáveres de ratas que huyen de las aguas podridas del cercano estanque.

Un elenco de actrices alucinante, Léa Seydoux (que como era de prever se la rifan los mejores cineastas), Virginie Ledoyen y Diane Kruger (más acostumbrado a verla en películas de acción) compone aquí una genial María Antonieta. Un personaje más cercano a la primera Lady Gaga de la historia (no sólo por las pelucas), con sus fans, sus defensores y detractores, maravillosamente humana por momentos y, en otros, manipuladora, insensible y fría, al estilo Robocop, sin transición previsible.

La historia comienza el 14 de julio de 1789, la Bastilla acaba de ser tomada, pero la monarquía todavía disfruta de la tranquilidad de desconocer el acontecimiento que en 4 días acabará con ella. En esta primera parte el film describe el ambiente reinante (nunca mejor dicho) pero cuando la noticia llega a Versalles, las cosas cambian de inmediato. No sólo en la película (maravillosa escena en que todos los nobles corren como conejos por los pasillos del palacio buscando la serenidad del rey) sino también en la sala. De repente la película se transforma ante mis ojos y, en lugar de ver a los actores, mi mente empieza a ver a otros protagonistas.

Por si fuera poco todavía no se ha olvidado un reciente escándalo financiero, una de las favoritas de la reina parece estar implicada en la desaparición de un valiosísimo collar (no olvidemos que se trata de un bien del estado), y como las cosas ya están bastante calentitas, es lo que le faltaba al pueblo para ponerlo aún más nervioso. Mientras el público (100% francés) sigue disfrutando del fresco histórico de 1789, yo estoy más que trasladado al telediario de 2012, y mis ojos no dan más de sí.

El rey decide ir a París pero duda en entrar en la capital de civil o de monarca (¿versión 1789 de “a pie o en coche” hasta la puerta?), la reina se plantea cómo intentar salvar su reputación y decide sacrificar a la que tanto quería, su lectora oficial (Léa Seydoux, símbolo del pueblo llano), mediante una estratagema maquiavélica. En esta última parte, lo mejor sin duda alguna del film, la actriz duda en aceptar o no el encargo y sufre inmensamente al descubrir que lo que creía amor, era en realidad interés, y que las preferencias de la reina son otras, alejadas del pueblo y destinadas a proteger a los “suyos”.

Final sublime. Público presente encantado, pero yo tengo la sensación de que hemos vistos dos películas diferentes. Y, de ahí, vuelvo a confirmar la maravillosa magia del cine que consigue que cada película sea diferente en cada lugar que se proyecta (me viene a la mente la idea de cómo verán en Tel Aviv el recién estrenado Nader y Simin, una separación -que allí también se ha convertido en un éxito- cuando el público presiente que muy pronto su gobierno pueda comenzar a bombardear Irán).

No puedo evitar preguntarle a Benoît Jacquot si se ha dado cuenta de la evidente resonancia que para el público español desprende esta película sobre los Borbones. El director reconoce que al “tratarse de la primera insurrección moderna” sólo ha comprendido los ecos históricos o sobre la actualidad al finalizar el film, y no durante su rodaje. La película se presentará en abril en Málaga (supongo que será durante el Festival) y el cineasta está impaciente por ver las reacciones. Y en mis oídos aún resuena una frase de la película “el pueblo es una materia inflamable”. Lo que el film no dice es que para que se produzca esta reacción química, alguien tiene que producir unas circunstancias especiales. La combustión espontánea no existe ni en el cine ni entre el pueblo.

On the Ice, EE.UU. 2011

Donde muchos se hubiesen contentado simplemente con exhibir los meandros de una cultura minoritaria, la inuit (propia de los pueblos esquimales de las regiones árticas de Alaska y Groenlandia), Andrew Okpeaha Maclean, el director de esta ópera prima, va mucho más allá. Entre thriller inquieto y western tardío, el director ofrece una visión alejada de los tópicos y se centra en un universo particular que, al fin y al cabo, no se diferencia tanto del nuestro.

Barrow es un pueblecito que se sitúa lejos de todo, a unos 500 kilómetros del círculo polar ártico, y que cuenta como vecinos más próximos diversas variedades de morsas, focas y ballenas y un clima ideal para las bebidas “on the rocks”. Eso sí, tras una noche de tres meses, la irreal aurora boreal, que dura otros 100 días, posee una sublime luz para filmar en película.

Los adolescentes que protagonizan este film, habitantes del lugar y no profesionales, se parecen a los de las películas de Gus Van Sant. Sin nada que hacer, compartiendo bebidas, organizando fiestas para matar el tiempo y sumergidos entre una antigua cultura heredada, de la que no reniegan, y la modernidad en la que han nacido.

Como en cualquier lugar del mundo, estos adolescentes intentan pasar el tiempo como pueden, pero si aquí una ocupación podría ser dar una vuelta al centro comercial, en Barrow consiste en ir de caza para ver si capturan alguna foca (actividad que forma parte de su cultura desde la noche de los tiempos).

Y a partir de este momento una película similar a muchas otras se transforma en algo radicalmente distinto. De los tres amigos que salen de caza, uno de ellos no volverá. Un accidente ha acabado con su vida y los otros dos deciden que sería mejor deshacerse de su cuerpo y decir que lo han perdido de vista.

La enorme extensión de nieve se convierte en un terreno de batida para encontrar el cuerpo. Unos habitantes movilizados, la minúscula sociedad en estado de choque emocional, unas primeras contradicciones y se despiertan las sospechas. Y un inmenso contraste entre un pueblo en estado de investigación, hermético y en el que todos vigilan a sus vecinos, frente al blanco inmaculado y desértico del hielo que les rodea, dota a la película de una gran fuerza visual y narrativa. On the Ice es una estupenda sorpresa que, con toda justicia, ganó el premio al mejor primer film en la última edición de Berlín. Queremos más pero, por favor, la próxima vez que el rodaje sea en Canarias. Las imágenes son tan impresionantes que llegue a pasar frío en el cine.

Nénette, Francia 2010

Jamás pensé que un documental sobre un orangután me plantearía tantas cuestiones personales. Además no soporto los zoos, prisiones espectáculos y reality shows de nuestra animalidad, pero el hecho de que el director fuese Nicolas Philibert, autor de una decena de trabajos, entre ellos La voz de su amo (La voix de son maître, 1978), La ciudad Louvre (La ville Louvre, 1990), En el país de los sordos (Le pays des sourds, 1992), Un animal, varios animales (Un animal, des animaux, 1994), Lo de menos (La moindre des choses, 1996) o el aclamado Ser y tener (Être et avoir, 2002) tan interesantes o más que muchísimas películas, me daba una buena pista sobre su interés.

El primer plano del documental retrata el rostro de Nénette como un paisaje deseoso de ser descubierto. La opción de rodaje es la más sencilla: situarse en el punto de observación de los visitantes del zoo y mostrar solamente la familia de orangutanes, escuchando al mismo tiempo las reflexiones que provocan en cada espectador.

Nénette es una orangután muy anciana, 40 años, cuando la media es de 35, que ha tenido tres “maridos”, cuatro hijos y superado una grave enfermedad. Llego de Borneo con 3 años a la  Casa de Fieras del Jardín de Plantas de París, el zoológico más tradicional de la capital francesa, y desde entonces no se ha movido de su jaula.

Lo sorprendente es que frente a ella cada uno proyecta su propia personalidad con sus deseos, obsesiones y miedos. Hay algunos que se preguntan por qué parece tan triste, otros sobre la posibilidad de encontrarle una nueva pareja. Muy pocos hablan muy bajito para no molestarla y la inmensa mayoría ni siquiera se plantea que pueda molestarla con sus voces. Un grueso cristal de seguridad nos separa de ella pero sus costumbres, como el su té y yogur diarios de las 4 y media de la tarde, o sus gestos, cubrirse con una tela, nos recuerdan la proximidad biológica que nos emparenta a ella.

El documental reúne, como mínimo, dos momentos sublimes: el primero cuando un orangután limpia con énfasis el cristal como para observarnos mejor, y el otro, el reflejo en los ojos de Nénette al escuchar los ecos de una manifestación parisina contra el aumento de la instalación de las cámaras de vigilancia situadas en la ciudad. Increíble.

Cuando finaliza el documental, en selección oficial del Festival 4+1 tras su pase por la Berlinale, no puedes evitar recordar lo que has pensado al ver por primera vez a Nénette y te das cuenta que es ella, en realidad, la que nos observa al preguntarnos cómo nos ven los demás y, sobre todo, qué ven en nosotros. En Borneo se dice que los orangutanes saben hablar pero que han preferido el silencio para no trabajar. Yo creo realmente que lo han hecho para no responder a esta pregunta.

Les Contes de la Nuit, Francia 2011

Michel Ocelot es un hombre feliz. Estado inhabitual de los directores de cine de animación, género destinado erróneamente en la mente de la mayoría de los espectadores a un público infantil. Yo diría, inmensamente feliz, con este tipo de cine que encuentra aún más barreras, que las ya habituales y numerosas, en el circuito de la distribución y exhibición. Kirikou, entrañable y tierno personaje, que con su primera entrega conquistó casi 2 millones de espectadores en su país y el corazón del resto del planeta, le ha permitido alcanzar la total libertad en sus proyectos, por muy quijotescos que parezcan.

Por eso Michel Ocelot ha vuelto a sus orígenes. A los tiempos en que era mucho menos feliz, a los comienzos de sus obras cinematográficas de animación de sombras, cuando todo el mundo le miraba con cara de sorpresa y pasó tanto tiempo en el paro, según me confesó.

Y su regreso a los sueños más inimaginables, gracias a la libertad que el éxito de Kirikou le ha proporcionado, ha decidido que será por la puerta grande de un espectáculo inédito en la historia del cine: una película de animación de sombras chinas en 3D.

Antes de entrar en la sala me preguntaba de qué manera una sombra puede tener 3 dimensiones o cómo se podría aplicar este procedimiento a una imagen tan plana como una sombra china. Lo que no me imaginaba es que Michel Ocelot había concebido una obra en que la imaginación del espectador ante el film es tan importante como el trabajo del realizador. Las sombras, magistralmente recortadas, las llena el público con sus imágenes y son los fondos de cada fotograma, barrocos, arabescos, imaginativos y audaces, lo que se proyectan en 3D.

Michel Ocelot es un cuentista redomado. Le apasionan las historias y sabe contarlas como nadie. La película es el Cinema Paradiso de la animación. En un antiguo cine todas las noches un técnico, que ha pasado toda su vida proyectando películas, y dos jóvenes se reúnen en este mágico lugar donde todo es posible.

Estos personajes se inventan aventuras, desde África hasta Asia y de la época medieval hasta la actualidad, se disfrazan y representan seis maravillosos cuentos: El hombre lobo, El pequeño Juan y la Bella Desconocida, El niño Tantán, El elegido de la ciudad de oro, El niño que no mentía nunca y La joven cierva y el hijo del arquitecto. Con escuchar los títulos ya nos evadimos…

Un momento de magia que nos transporta a la época en que soñar no sólo estaba permitido sino que era obligatorio. Presente en la selección oficial del Festival de Berlín 2011, Michel Ocelot ha creado obras extraordinarias (Azur y Asmar, estimo que es una obra maestra en su género) y para los incondicionales de Kirikou, una novedad confesada por su propio autor: su próximo trabajo será la continuación de sus aventuras en un film que, casi seguro, se titulará, Kirikou, los hombres y las mujeres.

Tomboy, Francia 2011

Una mudanza más. Una familia que se traslada a su nuevo apartamento, el padre al volante del coche, la madre esperando su tercer hijo, y el resto de la familia impaciente por ver su nueva casa y un poco triste por abandonar la antigua. Recién llegados y ya comienzan a acostumbrase a su nuevo hogar. Los peques juegan juntos todo el día en la habitación sin atreverse todavía a salir, las vacaciones acaban de comenzar, y en frente de la residencia hay un parque y hasta un lago para nadar.

Pero el aburrimiento del largo verano vence a la timidez y el mayor de los hermanos decide salir de casa y descubrir su nuevo entorno. Ser la novedad implica ciertas ventajas, hacer nuevos amigos, y en ciertos casos, algunos inconvenientes, integrarse en un grupo y darse a conocer. Pero todo es más fácil de lo que parece y la pandilla del barrio es acogedora y divertida. Es verdad que Lisa le ha ayudado mucho a integrarse porque pregunta inmediatamente su nombre al recién llegado, que responde tímidamente, Michaël, y se encarga de presentarlo al resto de los compis.

Céline Sciamma, tras un original debut cinematográfico con Naissance des pieuvres (2007), ha complicado la redacción de cualquier comentario sobre esta película. Es ocasiones es extremadamente difícil comentar un film sin desvelar lo más mínimo de su trama, y Tomboy supera todos los casos existentes, sobre todo porque no se trata de un film de suspense.

Todo espectador debería recibirlo desde el desconocimiento total para poder disfrutar plenamente de la magia de este verano, del frágil momento en que se afianza una personalidad en el duro terreno de la infancia, de una interpretación de los actores infantiles, que ya quisieran para sí muchos adultos, de una historia que nos lleva de sorpresa en sorpresa, sin ridículos recursos o inexplicables golpes de efectos y de una enigmática película llena de posibilidades.

A veces para hablar como es debido de una película lo mejor es no decir nada de ella, lo importante es señalar su existencia, su calidez humana y su calidad estética, dejando al público descubrir lo que promete convertirse en uno de los mejores y más sugestivos film de la añada cinematográfica de 2011.

Tomboy intenta responder a la pregunta que nos hacemos casi desde nuestro nacimiento, quién soy, y los que se han atrevido a contestarse puede continuar con la siguiente del cuestionario, cómo soy realmente. Sin lugar a dudas, un peliculón premiado en la Berlinale 2011.

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