Louise-Michel, Francia 2008

Benoit Delépine y Gustave Kervern son dos humoristas corrosivos que trabajaban para Canal+ Francia y responsables de varias comedias sembradas de humor negro, desesperación social y una búsqueda, defendida y orgullosa, de estética cutre. En este realización de 2008 rinden homenaje a la pasionaria de la revolución francesa, Louise Michel, que participó en el levantamiento de la Comuna parisina de 1871 y propagó la anarquía entre los ciudadanos.

 

Como no daba para más y su evidente intención no era recrear una época ni realizar una película de pelucones y palacios aristocráticos, los directores han creado dos personajes para recordar a su Agustina de Aragón local. Por un lado tenemos a Louise, víctima de la típica regulación de empleo, perdida en su nueva situación y que con su aplastante lógica decide utilizar la ridícula indemnización de despido en la que considera mejor causa: asesinar al patrón de su empresa, que no ha tenido ningún escrúpulo en echar a la calle a todo el personal, después de haberlo explotado durante toda su vida. Y como el dinero reunido para contratar a alguien es mínimo, encuentra a Michel, un pobre diablo que se gana la vida como puede y si es necesario matando a alguien (ley de mercado necesaria para la supervivencia del sistema: a toda demanda debe crearse una oferta). Y así obtenemos el binomio Louise-Michel.

 

Pero “cómo eliminar a su patrón” (aquí no existen despachos fashion con sillas de diseño y jefes con el físico de Harrison Ford) es mucho más complicado de lo que se imaginan y la comedia dramática se transforma en un road-movie anticapitalista obligado a visitar los paraísos fiscales como Luxemburgo o la isla de Jersey. Este pareja actualizada nos recuerda al Quijote y a su fiel Sancho Panza luchando contra lo imposible, hoy en día los molinos de viento son el sistema financiero, que con sus aspas mueven el aire sin refrescarlo pero si cualquiera se acerca no dudará en cortarlo en finas rodajas.

 

Yolanda Moreau, con su particular físico, es una de las mejores actrices francesas. A su ingenuidad añade la frialdad y dureza de los excluidos del sistema, además de emocionar y hacer reír prácticamente al mismo tiempo. Sus actuaciones siempre son exactas y contenidas, como en la maravillosa Séraphine de  Martin Provost.

El éxito de la película se ha visto confirmado por diferentes premios como el del jurado al mejor guión de la edición 2008 del Festival de San Sebastián y esperemos que sirva para estrenar su última realización Mammuth.

 

Los directores al presentar la película comentaron que querían “unos personajes entrañables y al mismo tiempo radicales, un western actual, donde los buenos pueden llegar a ser malos y los malos son una nueva variedad de matones, rara vez mostrados en el cine”. Un cine invisible perfecto que no es un menú fino pero es un plato necesario.

Por cierto, tras los títulos de crédito del final hay una escena que no deben perderse.

Des hommes et des dieux, Francia 2010

En la madrugada del 27 al 28 de marzo de 1996, siete monjes franceses del monasterio cisterciense Nuestra Señora del Atlas, cerca del pueblo de Tibhirine en Argelia, fueron secuestrados por un grupo fundamentalista. Este hecho fue reivindicado por la facción radical del Grupo Islámico Armado que en un comunicado, del 23 de mayo de ese mismo año, anunció que todos los monjes habían sido ejecutados dos días antes.

 

Basado en este trágico suceso, Xavier Beauvois presentó la película Des hommes et des dieux en el pasado Festival de Cannes donde obtuvo el mayor galardón. Visualmente la realización es magistral, los planos recogen la luz de la montaña del Atlas como no se había visto antes, la vegetación exótica se desarrolla entre sol y nieve, los colores son vivos y las relaciones entre los monjes y sus vecinos musulmanes llenos de humanidad y de respeto por ambas partes.

 

A principios de 1996 la violencia que asoló el país argelino alcanzó su apoteosis. En medio del conflicto se encuentran estos hombres, con sus dudas, sus miedos, su resistencia a dejar el país, que también son monjes, por lo que se añade a su condición humana el cumplimiento de un deber, la posibilidad de convertirse en mártires sin desearlo o continuar su trabajo de ayuda al prójimo en otro lugar.

 

Sin duda alguna, la reflexión de este grupo de monjes es lo más interesante de Des hommes et des dieux. El cine ha tratado en múltiples ocasiones la obediencia debida (Alemania durante la época nazi o la guerra) pero nunca lo había hecho desde este punto de vista. Como persona puedo sentir y desear escapar de una situación pero el sentido del deber me obliga a aferrarme y defender el compromiso.

 

La estética con la que están retratados los protagonistas de la historia recuerda a los mejores pintores españoles y, en especial, a Zurbarán. Y la escena en que comparten la última cena nos desvela su profunda humanidad y nos confirma que antes de monjes son seres humanos.

 

La película ha conseguido un respaldo del público bien merecido pero se mantiene distante en cuanto a la interpretación de los hechos en la que está basada. No es un documental, aunque a veces lo parezca, sino una obra de ficción y hubiese sido más interesante si el autor nos hubiese revelado su posición, tanto en relación con la autoría del suceso (implicación de un grupo terrorista, del gobierno o ambos) como en la parte que nos oculta, todo el período en que los monjes convivieron con sus secuestradores.

L’autre monde, Francia 2010

¿Dónde acaba la realidad y comienza la ficción? ¿Dónde está el límite que no se debe traspasar en las redes sociales y los juegos en línea? ¿De qué manera la web 2.0 ha cambiado nuestras vidas, el modo de relacionarnos, de comunicar y hasta la forma de amar? Este asunto ha entrado en la reciente historia del cine con magníficos resultados, como por ejemplo las recientes Adoration de Atom Egoyan, Chatroom de Hideo Nakata o R U There de David Verbeek.

Y Gilles Marchand nos propone su versión en L’autre monde tras su paso por el Festival de Cannes y actualmente en competición en el Festival de Sitges. Tras las inquietantes Lemming y Qui a tué Bambi?, este brillante guionista y director reflexiona sobre el tema, mezclando un universo social de juego en línea, Black Heaven, rodado góticamente en modo de animación, casi en blanco y negro, y la historia real que transcurre en el ambiente soleado y lleno de color de un verano en el sur de Francia. 

Gaspard, un adolescente, que disfruta de sus vacaciones entre sus amigos y su novia, Marion, cuando encuentra por casualidad a Sam, una mujer inquietante en busca de un compañero, a través de un juego llamado Black Heaven, nada más y nada menos que para suicidarse juntos. Desde ese momento la vida de Gaspard cambiará de forma radical, y frente a la estabilidad de su situación actual percibe un mundo totalmente desconocido que le atrae irresistiblemente.

L’autre monde combina dos visiones de la realidad y opone varias maneras de vivirla. Frente a una monotonía cotidiana se sitúa lo desconocido y excitante, frente a su joven novia la atracción de una mujer fatal, frente a la luz del verano las noches sentado al ordenador, frente a la vida la muerte y así, sucesivamente, hasta descubrir qué esconde en realidad el juego Black Heaven.

La propuesta es ambiciosa pero la película no alcanza el resultado esperado. Desde un inicio prometedor, la primera aparición de Sam resulta poco creible, y la película va perdiendo interés a medida que el director aumenta los golpes de efecto. La puesta en escena se hace cada vez más fría y ésa es la sensación con la que el espectador sale de la sala.

Ya es bastante complicado no perdese en un mundo pero es casi imposible cuando hay dos, salvo que te llames Christopher Nolan.

Notre jour viendra, Francia 2010

Romain Gavras, hijo del también director Costa Gavras, por fin lo ha hecho. Lo que algunos temían y muchos deseabamos se ha convertido en realidad. Tras la ardiente polémica con su video musical de M.I.A. Born free (más de nueve minutos de verdadero cine que sulfuró a los numerosos fariseos que pusieron el grito en el cielo al ver su contenido ultra violento, bastante próximo a cualquier imagen que podemos ver todos los días en el telediario del mediodía) presenta su primera película, Notre jour viendra, en la gala oficial de la edicción de este año del Festival de Sitges.

Un joven protagonista, Rémy, detestado por todos a causa de una trivial diferencia o por su condición de minoría, el ser pelirrojo, perdido en un mundo que no comprende, en la edad incierta de la indecisión sexual (definitivamente éste es uno de los temas centrales del cine actual, véase Gregg Araki, Xavier Nolan y compañía, quizás como respuesta a la obligación social de definirse ante todo todo cuanto antes y lo más rápidamente posible) encuentra su Lazarillo de Tormes en la persona de Patrick. Personaje completamente diferente, situado social y económicamente, e interpretado por el magistral Vincent Cassel, que también ha participado como productor de la película.

Las diferencias entre los dos personajes les unirán y la seguridad de Patrick dará las fuerzas suficientes a Rémy para afirmar su personalidad y reivindicar su diferencia. A través de un road movie imposible por el norte de Francia, sublimes playas desiertas mezcladas con zonas industriales y centros comerciales (el nuevo paraíso terrenal para hacernos olvidar mediante el sagrado consumo los verdaderos ploblemas), su relación se invertirá a medida que avanza Notre jour viendra. Vincent Cassel pierde poco a poco su fe y la temeridad de Rémy se incrementa de tal manera que sólo será posible un final infeliz.

No es fácil comprender al dúo protagonista, a veces no logramos entender porque actúan de esa manera, sus motivaciones se nos escapan pero, tal vez, sea éste el verdadero tema de la película: la bruma total que nos rodea, lo inexplicable de algunas de nuestras acciones, el deseo inconfesable de sobrepasar los límites, escapar de la rutina…

 

La escena del hotel, con sus toques a lo David Lynch, con su frustrante orgía y una niña que nos observa como testigo de nuestra pérdida de la inocencia, es tan incomprensible como cautivadora.

Pero la travesía de Romain Gavras debe tener un final, que no será sobre este mundo y del que no se puede salir indemne. Su película recuerda los desafíos cinematográficos de Gaspar Noe o de Jaime Rosales, universos particulares inquietantes dignos de exploración.  

Yo soy el amor (Io sono l’amore), Italia 2009

Uno de las historias más habituales de la historia del cine, desde su creación hasta hoy, ha sido el tópico y típico adulterio de la señora burguesa con el fornido proletario. Nada más poco original y sobado que la lucha de clases pasada por las sábanas de la pasión.  Y eso es lo que propone Io sono l’amore pero el tema nos da absolutamente igual porque la película es una proeza estilística, narrativa e, incluso, sonora. En resumen, espectacular.

Desde un inicio cromático en blanco y negro de un Milán sepultado por la nieve, hasta la llegada del color con Antonio, desencadenante de la historia, con la exuberancia del pleno color de San Remo y la explosión de la sensualidad de la protagonista, la película utiliza todos los recursos estilísticos para mostrar la evolución del deseo. Un tratamiento del color que se aplica a cada ciudad de la película: Milán, San Remo y Londres. Subrayado por la frase del catálogo, tras el que se oculta la protagonista en su persecución, que podemos percibir “colore come vita”.   

Tilda Swinton, protagonista y también productora, sublime y en unos de sus mejores papeles, encarna a Emma, amante esposa, de origen ruso y que desde su boda con un Recchi pierde su nombre de nacimiento y su lengua natal (que de hecho recupera en un momento de crisis con su hijo), encerrada en su jaula de oro descubre la sensualidad, gastronómica y corporal, a través de la cocina de Antonio, un amigo de su hijo, cocinero de talento en un viaje iniciático que va desde el papel dorado de su villa milanesa a la caverna de la escena final.

Luca Guadagnino, el director de Io sono l’amore, juega con las apariencias y las referencias. Cinematográficas como John Huston por el encuadre del inicio, Hitchcock por las persecuciones, Arnaud Desplechin por el tratamiento del conflicto familiar, Visconti por su concepción musical de la escena o literarias como la decadencia de una gran familia italiana, con un pasado colaboracionista,  inspirada de Los Buddenbroke de Thomas Mann.

Pippo Delbono, que nos tiene más acostumbrados a sus actuaciones en teatro, interpreta al marido deshonrado, capaz de interpretar una escena glacial en el interior de una iglesia, sin una sóla palabra.

Y qué música. John Adams, que inserta parte de sus óperas Nixon in China y The death of Klinghoffer, recrea el incremento paulatino de la tensión a la perfección. Y un fragmento de “La mamma morta”, sutil y delicado, que marca el final del papel de madre y el comienzo del amor y la pasión de la protagonista.