Tomboy, Francia 2011

Una mudanza más. Una familia que se traslada a su nuevo apartamento, el padre al volante del coche, la madre esperando su tercer hijo, y el resto de la familia impaciente por ver su nueva casa y un poco triste por abandonar la antigua. Recién llegados y ya comienzan a acostumbrase a su nuevo hogar. Los peques juegan juntos todo el día en la habitación sin atreverse todavía a salir, las vacaciones acaban de comenzar, y en frente de la residencia hay un parque y hasta un lago para nadar.

Pero el aburrimiento del largo verano vence a la timidez y el mayor de los hermanos decide salir de casa y descubrir su nuevo entorno. Ser la novedad implica ciertas ventajas, hacer nuevos amigos, y en ciertos casos, algunos inconvenientes, integrarse en un grupo y darse a conocer. Pero todo es más fácil de lo que parece y la pandilla del barrio es acogedora y divertida. Es verdad que Lisa le ha ayudado mucho a integrarse porque pregunta inmediatamente su nombre al recién llegado, que responde tímidamente, Michaël, y se encarga de presentarlo al resto de los compis.

Céline Sciamma, tras un original debut cinematográfico con Naissance des pieuvres (2007), ha complicado la redacción de cualquier comentario sobre esta película. Es ocasiones es extremadamente difícil comentar un film sin desvelar lo más mínimo de su trama, y Tomboy supera todos los casos existentes, sobre todo porque no se trata de un film de suspense.

Todo espectador debería recibirlo desde el desconocimiento total para poder disfrutar plenamente de la magia de este verano, del frágil momento en que se afianza una personalidad en el duro terreno de la infancia, de una interpretación de los actores infantiles, que ya quisieran para sí muchos adultos, de una historia que nos lleva de sorpresa en sorpresa, sin ridículos recursos o inexplicables golpes de efectos y de una enigmática película llena de posibilidades.

A veces para hablar como es debido de una película lo mejor es no decir nada de ella, lo importante es señalar su existencia, su calidez humana y su calidad estética, dejando al público descubrir lo que promete convertirse en uno de los mejores y más sugestivos film de la añada cinematográfica de 2011.

Tomboy intenta responder a la pregunta que nos hacemos casi desde nuestro nacimiento, quién soy, y los que se han atrevido a contestarse puede continuar con la siguiente del cuestionario, cómo soy realmente. Sin lugar a dudas, un peliculón premiado en la Berlinale 2011.

Cuchillo de Palo – 108, España 2010

Todas las familias poseen un secreto que por nada en el mundo desearían que se hiciese público. Renate Costa, la directora de este fascinante documental, un apasionante híbrido que por momentos roza el docudrama, también tiene una familia que guarda celosamente un misterio, pero lo que ignoraba cuando comenzó a realizar este trabajo era que este secreto desbordaría la intimidad de la casa familiar hasta llegar a la cúspide del Estado.

Paraguaya de origen, Renate Costa siempre pensó que su tío murió de tristeza. Intrigada por este fallecimiento tan poco habitual, decidió regresar al hogar familiar, que servía al mismo tiempo como taller de herrería de la familia, y preguntarle a su padre sobre el  secreto familiar y el tema tabú que nadie abordaba jamás.

Fascinada desde su infancia por la figura de este tío discreto y tímido, la directora comienza por descubrir que su tío apareció un día asesinado y desnudo en mitad del pasillo de su casa, sin que ningún vecino viese algo anormal o escuchara algún ruido o pelea. Toda la familia parece querer olvidar el suceso y los detalles extraños empiezan a acumularse, por ejemplo, el armario de su tío está completamente vacío y nadie admite o recuerda haberlo tocado.

Paraguay sufrió de 1954 à 1989 una de las dictaduras más violentas de la mano de Alfredo Stroessner. En 1989 un golpe de estado le obliga a refugiarse en Brasil, donde vivirá hasta 2006 sin haber sido juzgado por sus crímenes. Gracias a la sutil mirada de la realizadora y a un laborioso trabajo de escritura, el film avanza en su investigación y a través de una historia personal acaba mostrando la maquinaria infernal de un Estado que impuso una ley del silencio que, aún hoy, pesa en muchos de sus ciudadanos. La vida del tío de Renate Costa llevaba un número asignado, el 108. Un número que se ha convertido en insulto para algunos y en orgullo para otros.

Una dictadura nunca finaliza el día en que muere su dictador. Las heridas continúan abiertas y el sistema perdura como un enfermo en coma que padece, de vez en cuando, terribles espasmos producidos por la angustia de querer y no poder seguir aterrorizando a toda la población. Un coma que puede durar mucho tiempo antes de que alguien decida ponerle el punto final. Películas tan fuertes como Cuchillo de Palo ayudan a acabar con esta pesadilla.

Tengo algo que deciros (Mine Vaganti), Italia 2010

Los Cantone son la típica familia italiana, burguesa y adinerada gracias a la fábrica de pasta (negocio nacional por excelencia) que poseen en el pequeño pueblo de Lecce.

 

Situado en una de las regiones del sur del país, Puglia, donde es habitual aún que diversas generaciones vivan bajo el mismo techo. La villa de la familia la comparten la madre, adepta a los rumores de las otras señoras del pueblo y a mantener la reputación de la sacrosanta familia, su marido que ha conservado la tradición del negocio familiar pese a los avances tecnológicos, su hija, personaje almodovariano, un tanto sonada, y su hijo mayor que se encarga de la fábrica junto a su padre. Y la indispensable abuela para completar la esencia de una película italiana.

 

El personaje protagonista de la película, Tommaso, aspirante a escritor, llegará desde la capital donde vive (viendo a su familia, alabamos su decisión) para anunciar su homosexualidad en la tradicional cena familiar. Para su desgracia no es el único que decide descubrir sus secretos esa noche.

 

Ferzan Ozpetek, el director, continúa con su tema predilecto, tratando de nuevo el asunto de la homosexualidad y la familia, en clave de comedia. En esta ocasión ha querido aumentar un poco más el riesgo, al elegir a los más “machos” actores del país, Riccardo Scamarcio, Alessandro Preziosi y Daniele Pecci, y proponerles todos los personajes homosexuales de la película.  Recordemos que en la Ciudad del Vaticano, hace unos años, todavía dos hombres fueron detenidos por besarse en público (sin ningún ánimo de ofensa, me gustaría señalar que en casi todas las fotografías, el Papa siempre está besando a alguien, y que yo sepa nunca le han detenido).

 

La comedia es, como alguno de los vinos italianos, “amabile” y su mejor momento se concentra en la visita que el compañero del protagonista y su banda de amigos realizan a la gran residencia familiar, con los consiguientes  sabrosos malentendidos y equivocaciones. La película ha obtenido un relevante éxito en Italia, ha sido vendida a unos quince países y fue presentada en el Festival de Tribeca, Nueva York.

Los chicos están bien (The kids are all right), EE.UU. 2010

Antes que nada debo confesar una gran debilidad por Julianne Moore. Desde sus primeros papeles me subyuga (quién se acuerda de que actuaba en La mano que mece la cuna, allá por los años noventa), me apasiona el aspecto camaleónico de su físico, su versatilidad frente al drama o la comedia, su capacidad para transmitir sensaciones con una simple mirada o su variedad infinita de registros. Ella junto a Tilda Swinton, desde sus primeros trabajos con Derek Jarman en la década de los ochenta, son mis dos referencias del trabajo de interpretación.

Y lo que me temía desde hace tiempo ha ocurrido, en su última película hay otra actriz que se la ha comido literalmente en la pantalla, que le roba todos los planos hasta tal punto que casi hace que nos olvidemos de Julianne Moore. Y ésta es, nada más y nada menos, que Annette Bening.

The kids are all right se ha paseado por la mitad de los Festivales Internacionales del mundo entero (Sundance, Berlín, Melbourne, Deauville, Río de Janeiro, Londres) presentando un tema delicado para el gran público, la inseminación artificial de una pareja de lesbianas, con rigor, humor, sensibilidad y, lo mejor de todo, la normalidad deseada para unos nuevos tiempos que imponen nuevas estructuras familiares.

Nic y Jules, casadas hace varios años, disfrutan de su perfecta vida en pareja con sus respectivos hijos concebidos por inseminación artificial. El hermano menor presiona a su hermana, que acaba de cumplir 18 años, para que le ayude a encontrar al padre biológico de ambos, un Mark Ruffalo en plena forma. Los dos se sentirán atraídos por este solterón ecológico, divertido y, novedad en el film, 100% heterosexual.

Lisa Cholodenko, directora y guionista, que ya había realizado varios episodios de series televisivas de gran éxito firma un comedia suave, equilibrada entre el conflicto y un divertido sentido del humor (la escena de sexo entre las protagonistas es antológica), comprometida con los debates de la sociedad actual, profundamente humana y en defensa de una cierta concepción burguesa de la célula familiar aunque sus miembros sean diferentes.

Con gran pena y placer al mismo tiempo, confieso que la interpretación de Annette Bening es magistral, contenida y generosa, la pareja de adolescentes se defienden muy bien frente a las dos protagonistas y Mark Ruffalo, último heterosexual de una sociedad donde el género ha borrado sus fronteras, compone el papel del hombre perdido ante las nuevas referencias de los últimos modelos familiares.

Al salir del cine lo primero que hice fue ir a mi biblioteca, abrir la novela Ana Karenina de Tolstoi y empezar, sumamente feliz, a leer: Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera…

Homme au bain, Francia 2010

Esta película levantó pasiones, nunca mejor dicho, en la última edición del Festival de Locarno. Muchos la calificaron como “porno gay amateur” y en los próximos días se presentará en el 15º Festival Internacional de cine lésbico, gay y transexual de Madrid. Todos los ingredientes necesarios para una sana polémica se reunían en el film: Christophe Honoré, cineasta reconocido y con una prometedora carrera, Chiara Mastroianni, excelente actriz de famoso apellido, Dennis Cooper, uno de los más transgresores escritores americanos y François Sagat, mítico actor porno gay.

El realizador recibió una solicitud de la ciudad de las afueras de París, Gennevilliers, para realizar una película cuando estaba en plena promoción en Nueva York de su última trabajo, Non ma fille, tu n’iras pas danser, junto a una de sus actrices fetiches, Chiara Mastroianni e imaginó un relato en forma de cuento que hablese del amor, de la ausencia y del sexo. Por esta circunstancia la película se compone de dos partes: el protagonista, Omar, vive en una barriada de viviendas sociales, y antes de partir a Nueva York para rodar un documental sobre la promoción de una película, Emmanuel, su compañero, le hace el amor violentamente y sin su consentimiento. Asustado e inquieto, Omar le pide a Emmanuel que se vaya de su casa, antes de que él regrese de su viaje a América.

Y así seguimos las aventuras de François Sagat en París, este Homme au bain, que acumula los encuentros sexuales para olvidar la ausencia de su compañero y el fin de su relación, al mismo tiempo que intenta buscarse la vida y obtener algo de dinero protituyéndose. Dennis Cooper, inquietante en su papel de cliente, protagoniza una escena de una extrema dureza verbal. La concepción del escritor es que somos lo que son nuestros cuerpos y el sexo o la violencia es el último conocimiento posible.

Y por otro lado, Omar sigue a Chiara por las diversas presentaciones de la película en Nueva York, con su “cámara al hombre”, estableciendo una protección entre él y la vida misma. Allí encontrará a un estudiante de cine que le seguirá en sus andanzas por la gran manzana, entre hoteles, calles y cines, hasta el momento en que debe regresar a París y comprobar si Emmanuel se ha ido o no de su apartamento. 

Este cuento, increíblemente ingenuo en su presentación de un barrio en que no existe ningún tipo de homofobia (todos son super compis y se acuestan juntos), tiene el mérito de analizar la atracción masculina irremediable que desprende un hombre (lo habitual y frecuente en el cine es la bomba sexual femenina), y de ahí la referencia al cuadro Homme au bain del pintor impresionista Caillebotte (1848-1894) que, por primera vez o casi en la historia del arte, representaba el cuerpo masculino sin la excusa histórica, mitológica o religiosa.

La sorpresa de la película es François Sagat, actor porno gay, sin duda alguna muy bien dotado, también cinematográficamente hablando y que se está introduciendo en el cine de arte y ensayo poco a poco (ya ha trabajado con Bruce LaBruce). El actor compone un personaje extremo, entre dureza exterior necesaria para defenderse de la continuas proposiciones que recibe, limitado por la generosidad de la naturaleza, introvertido en medio de la euforia sexual (en un momento de la película dice que no está cómodo rodeado de actores) y que, al final, muestra su verdadera cara: un hombre profundamente enamorado. Un hombre al agua más que un Homme au bain.

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