El hombre de al lado, Argentina 2009

La película comienza con uno de los títulos de crédito más estéticos de los últimos años. La pantalla dividida en dos muestra ambos lados de una pared, en la que alguien está abriendo un hueco. El origen del problema, un hombre que decide abrir una ventana en frente de la casa de su vecino, para tratar de todo, y una perfecta excusa para tratar de las relaciones entre los seres humanos, en clave de comedia.

La única construcción de Le Corbusier en América Latina realizada para el cirujano Curutchet en el año 1954, del que toma su nombre, e inscrita por la UNESCO en el Patrimonio de la Humanidad, no queda nada bien con una ventana en frente del salón. Si bien es cierto que la casa no es un edificio cualquiera, ante este conflicto los interesados tendrán que apañárselas solitos e intentar solucionar el problema.

Mariano Cohn y Gastón Duprat en su cuarto film ruedan esta inesperada historia contando con esta mansión como un personaje más de la trama y abrazando los espacios que ofrece: volúmenes repletos de ángulos, luces que invaden los espacios, aperturas ingeniosas y mobiliario adaptado al ambiente. La película goza de una cuidada fotografía que le ha valido su reconocimiento en el último Festival de Sundance para esta categoría.

Pero el principal interés del film recae sobre los dos personajes protagonistas, en apariencia antagónicos, y que la realidad y las circunstancias se encargarán de acercar. Leonardo, reputado arquitecto, y Víctor, vendedor de coches y conocido sólo por sus amigos, interpretados magistralmente por Rafael Spregelburd y Daniel Aráoz.

Una película sumamente inteligente basada en una continua dualidad, interior y exterior, un divertido análisis de la lucha de clases o, por lo menos, los prejuicios de sus integrantes, y un hábil incremento de la tensión de un conflicto banal. El film contiene momentos estelares, en especial, cuando los personajes están en grupo. Una representación en sociedad en la que contamos como queremos ser, raramente como somos en realidad.

En esta versión argentina del infierno son los otros, que diría el filósofo Jean-Paul Sartre, la sincera brutalidad de Víctor equilibra el egoísmo y cobardía de Leonardo porque, en muchas ocasiones, el hombre de al lado es el simple reflejo de uno mismo.

All That I Love (Wszystko, co kocham), Polonia 2009

Ser joven y polaco en el año 1981, en plena represión militar del sindicato obrero Solidaridad de Lech Walesa, no era nada sencillo y, mucho menos, si lo que más te gustaba era la música punk y tus canciones tenían letras como “vamos a dormir y soñar que hay libertad. Está tan oscuro aquí”. Por eso la juventud del protagonista de esta historia no puede ser más intensa. No digamos si se añade el hecho de que su padre trabaja en el ejército y su novia es la hija de un representante sindical.

Tras arrasar en los años 70 y 80 con cineastas tan significativos como Agnieszka Holland, Krzysztof Kieslowski, Roman Polanski, Jerzy Skolimowski o Andrzej Wajda, el cine polaco cayó en una larga travesía por el desierto que le alejó del público durante décadas. La creación en 2005 del Instituto Cinematográfico Polaco ha conseguido relanzar las producciones nacionales, de 10 a más de 50 películas al año, captar de nuevo el interés del público, pasando de menos de medio millón en 2005 a casi 10 millones de espectadores en 2010, y el éxito en los festivales internacionales de los nuevos directores, Robert Glinski, Borys Lankosz o Wojciech Smarzowski.

Jacek Borcuch, en su tercera película, se interesa más por el momento crucial del paso de la adolescencia a la edad adulta que por las peripecias históricas de su país. Pero su punto de vista produce el efecto contrario, y este momento se entiende mucho mejor, a través de las situaciones que afectan a los protagonistas, que a partir de los habituales discursos, típicos e ilustrativos, que suelen adoptan otros directores.

Una de las sorpresas del film es el descubrimiento del actor Mateusz Kosciukiewicz (que tiene, por cierto, un parecido más que razonable con Robert Pattinson). En una interpretación tan convincente en las escenas de los conciertos y ensayos, llegó a actuar en directo, como en el dominio de un difícil equilibrio entre un adolescente desorientado y la fuerza que se supone que debe tener un cantante del movimiento punk.

Una película que habla de rebelión personal, de la lucha de un todo un pueblo y con una escena, el concierto frente al censor de turno, que despierta la simpatía de cualquier espectador. Como en la canción del grupo, aunque nos encanta que la sala esté oscura, lo que en realidad nos gusta ver en la pantalla es la libertad.

Beginners, EE.UU. 2010

Este film tiene el encanto de las comedias tristes americanas que provocan continuas sonrisas, a través del absurdo de las situaciones que presentan. La vida a menudo nos sitúa en el centro de una inexplicable nebulosa de acontecimientos que, en la mayoría de los casos, no comprendemos. El absurdo invade nuestra existencia porque forma parte de la teoría del caos y de lo imprevisible que regenta el universo. Solamente si aceptamos que la lógica puede quedar excluida de nuestro futuro, podremos asimilar las sorpresas que el teatro existencial nos tiene preparadas en el segundo acto.

Tras el fallecimiento de su esposa y cuatro décadas de matrimonio, el padre del protagonista, a sus 71 años, sorprende a su hijo con tres confesiones: su homosexualidad, la existencia de un amante y su próxima muerte.

Aunque parezca demasiado cinematográfico, lo curioso es que, como suele suceder, la realidad supera la ficción y el guión está basado en la vida del director de esta película, Mike Mills. Por eso la historia, en lugar de parecer demasiado forzada, tiene tanta credibilidad en la pantalla.

El éxito de esta modesta comedia se debe en gran parte a la magia y a la poderosa química que se ha establecido entre el cuarteto protagonista. Christopher Plummer y Ewan McGregor, padre e hijo, sin reproche alguno intentan comprender el futuro e interpretar el pasado a través de estas revelaciones, Mélanie Laurent, en el papel de actriz francesa, de paso por los EE.UU., que  conoce al protagonista de la película y se lanza a un territorio desconocido, y la sorpresa más agradable del film, el protagonista canino, que no necesita hablar para compartir sus pertinentes reflexiones.

Un guión redactado con sensibilidad, nostalgia y mucho cariño hacia estos personajes tan perdidos, indiferentemente de su edad, y tan principiantes como todos nosotros, en este delicado, y siempre imprevisible, paseo por el amor y la muerte.

Notre étràngere, Burkina Faso 2010

Lo que comenzó siendo un trabajo sobre el dioula, lengua autóctona de Costa de Marfil, Malí y principalmente de Burkina Faso, su aprendizaje y, por supuesto, una manera de tratar las dificultades de comprensión entre los seres humanos, se fue enriqueciendo con las vivencias personales y familiares de su realizadora, Sarah Bouyain, hasta convertirse en su primer film de ficción.

La directora sitúa su historia entre dos países: Bobo-Dioulasso en Burkina Faso, lugar al que la protagonista, separada de su madre desde los 8 años, vuelve tras la muerte de su padre para encontrar a su familia, y la capital de Francia, en la que Mirian, una mujer africana de 45 años, intenta encontrar a su hija. Dos lugares radicalmente diferentes y con tanta importancia en la historia como los personajes.

Un film que ha optado por propuestas originales, al mismo tiempo que arriesgadas, como presentar la mayor parte de los diálogos en dioula sin subtítulos, para situar al espectador en la misma posición que su protagonista, que tampoco conoce la lengua, o no desvelar parte de la intriga o los conflictos de las protagonistas mediante diálogos, utilizando el silencio como  recurso narrativo y presentado sólo la estructura de la historia.

Todo el entramado de personajes, tanto los principales como los secundarios, la madre adoptiva o la alumna de una lengua minoritaria, deambulan entre esperanzas, deseos e inquietudes a través de lugares o idiomas desconocidos u olvidados.

Un cine diferente con una particular visión del destino y de las relaciones humanas que se buscan y se cruzan para encontrase en contadas ocasiones. Una película africana, aunque en realidad se trate de una coproducción, procedente de una cinematografía lejana y casi desconocida y que merece la pena de conocer. Oportunidad que festivales como el de Cine Africano de Tarifa en España o el de los 3 Continentes en Nantes, Francia, nos acercan cada año.

Tomboy, Francia 2011

Una mudanza más. Una familia que se traslada a su nuevo apartamento, el padre al volante del coche, la madre esperando su tercer hijo, y el resto de la familia impaciente por ver su nueva casa y un poco triste por abandonar la antigua. Recién llegados y ya comienzan a acostumbrase a su nuevo hogar. Los peques juegan juntos todo el día en la habitación sin atreverse todavía a salir, las vacaciones acaban de comenzar, y en frente de la residencia hay un parque y hasta un lago para nadar.

Pero el aburrimiento del largo verano vence a la timidez y el mayor de los hermanos decide salir de casa y descubrir su nuevo entorno. Ser la novedad implica ciertas ventajas, hacer nuevos amigos, y en ciertos casos, algunos inconvenientes, integrarse en un grupo y darse a conocer. Pero todo es más fácil de lo que parece y la pandilla del barrio es acogedora y divertida. Es verdad que Lisa le ha ayudado mucho a integrarse porque pregunta inmediatamente su nombre al recién llegado, que responde tímidamente, Michaël, y se encarga de presentarlo al resto de los compis.

Céline Sciamma, tras un original debut cinematográfico con Naissance des pieuvres (2007), ha complicado la redacción de cualquier comentario sobre esta película. Es ocasiones es extremadamente difícil comentar un film sin desvelar lo más mínimo de su trama, y Tomboy supera todos los casos existentes, sobre todo porque no se trata de un film de suspense.

Todo espectador debería recibirlo desde el desconocimiento total para poder disfrutar plenamente de la magia de este verano, del frágil momento en que se afianza una personalidad en el duro terreno de la infancia, de una interpretación de los actores infantiles, que ya quisieran para sí muchos adultos, de una historia que nos lleva de sorpresa en sorpresa, sin ridículos recursos o inexplicables golpes de efectos y de una enigmática película llena de posibilidades.

A veces para hablar como es debido de una película lo mejor es no decir nada de ella, lo importante es señalar su existencia, su calidez humana y su calidad estética, dejando al público descubrir lo que promete convertirse en uno de los mejores y más sugestivos film de la añada cinematográfica de 2011.

Tomboy intenta responder a la pregunta que nos hacemos casi desde nuestro nacimiento, quién soy, y los que se han atrevido a contestarse puede continuar con la siguiente del cuestionario, cómo soy realmente. Sin lugar a dudas, un peliculón premiado en la Berlinale 2011.