La conspiración (The conspirator), EE.UU. 2010

Cuando el pasado mes de septiembre de 2010 se presentó la última película de Robert Redford en el Festival de Toronto, los primeros comentarios fueron tan efusivos que algunos ya la veían como posible candidata a los Oscars. Meses después, tras el profundo silencio que sufrió el film, su estreno se limitó a unas pocas salas americanas. Por fin llega a algunos países en Europa, en muchos sale directamente en DVD, esta magnífica película “como las de antes”: vestuario y ambientación espectacular, sólidas actuaciones (Robin Wright, James McAvoy, Kevin Kline, Evan Rachel Wood o Tom Wilkinson), soberbia y, a la par discreta, dirección de Robert Redford y una historia que corta el aliento.

La nueva sociedad American Film Company, en su primera producción, inaugura con La conspiración una serie de películas, que esperemos sean muchas, que tiene como objetivo ilustrar los episodios históricos más relevantes de la historia americana. El director ha decidido comenzar por el principio y trasladarnos a 1865, momento del apasionante juicio contra los supuestos asesinos de Abraham Lincoln, bañado aún por una guerra civil que no se decide a finalizar.

Reconozco haber estado pegado a la trama, desde el principio hasta el fin de la película, de este episodio poco conocido de la historia americana. Las tensiones internas de los personajes son tan extremas que cautivan al espectador. Los asesinos del presidente se reunían en una pensión regentada por Mary Surratt. Tras el magnicidio su hijo, presuntamente implicado, desaparece y las autoridades deciden inculparlas y juzgarla ante un tribunal militar. ¿Qué sabía exactamente la protagonista? ¿Cuál era su implicación? Ella sabe que su condena implica, al menos momentáneamente, que la nación se calmará y puede que lleguen a olvidar a su hijo ¿lo hace para salvarlo o es realmente culpable?

Frente a ella, un antiguo soldado de la Unión, y también abogado, se encarga de su defensa. Evidentemente no hay una cola delante de una simpatizante de los sudistas, contra los que han estado en guerra hasta ayer, y presunta culpable, para defenderla. Este joven abogado, mientras se debate entre el deber de su oficio y sus creencias y convicciones políticas, descubre que lo que está buscando el gobierno es más un chivo expiatorio que la verdad objetiva. ¿Conseguirá defenderla como si realmente la creyera inocente?

Y, por si no fuera suficiente, los representantes de la nación saben que el pueblo espera una condena inmediata. En caso contrario puede haber revueltas entre las población o, peor incluso, se pueden volver a encender las brasas de una guerra todavía al rojo vivo. Por ello no escatimarán ante nada para que este proceso se resuelva se resuelva cuanto antes y según sus deseos.

Más contemporánea de lo que puede aparecer a simple vista, la película es un saludable y exquisito momento de la sabiduría americana en el trabajo de contar perfectamente una historia. Sin embargo, no es de extrañar que el público americano haya ignorado la película, no es fácil que nos recuerden nuestros errores, sobre todo, si los hemos cometido conscientemente.

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