Putty Hill, EE.UU. 2010

Matthew Porterfield, el realizador de este segundo largometraje, tras haber localizado exteriores e iniciar el rodaje de algunas de las escenas de un proyecto titulado Metal Gods, se encontró con que el presupuesto no era suficiente para terminarlo. Pero contento del resultado, decidió utilizar este material para Putty Hill, film con unas necesidades económicas muchísimo más reducidas (80.000 dólares). El resultado es tan espectacular que la película se ha paseado por los festivales de Berlín, Buenos Aires, Viena o Boston.

El director, originario de Baltimore, ha situado la historia en su ciudad natal y decidido rodarla con una mayoría de actores aficionados, alejados de la profesión, escribir un argumento mínimo y completar una parte del guión por medio de un importante trabajo de improvisación con su equipo. El film, construido a partir de entrevistas y mezclando la historia con una parte documental, desprende una potente energía y el espectador se pregunta si se realmente está viendo una ficción.

En uno de los barrios residenciales de la periferia hace tiempo venido a menos, si es que alguna vez estuvo en el más, un adolescente ha muerto de una sobredosis de heroína. Su familia y amigos se reúnen para preparar el entierro, desgranado recuerdos y saboreando los momentos que vivieron juntos.

Poco a poco se asienta una intensa sensación de vacío, de derroche frente a una juventud que ha perdido su ilusión y sus esperanzas en el futuro. Alejados de las promesas de bienestar que ni la sociedad ni su familia pueden cumplir, estos adolescentes se ven condenados a buscar sustitutos para escapar de su rutina y evadirse de un aburrimiento sin fin. Por desgracia, en alguna ocasión estas escapatorias resultarán mortales.

Sólo los más fuertes podrán salir de esta espiral, a fuerza de abandonar sus familias o sus amigos. Y en sus miradas, así como en muchas de sus preguntas, se plantea la cuestión de que sirve vivir en comunidad sino es para proteger al conjunto de sus integrantes, y en especial, a los más débiles. Un film ambicioso e intenso que emociona y aviva los sentidos. Comprometido con la realidad y sincero con el espectador que nos recuerda que no todos los americanos viven en Wisteria Lane.

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